Una tablilla de la Isla de Pascua demuestra que el rongorongo existía 213 años antes de que llegara ningún europeo

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Una tablilla de la Isla de Pascua demuestra que el rongorongo existía 213 años antes de que llegara ningún europeo

La escritura de la Isla de Pascua no fue inspirada por los misioneros europeos. Un nuevo estudio publicado en Scientific Reports y liderado por Silvia Ferrara, filóloga y arqueóloga de la Universidad de Bolonia, ha datado por radiocarbono cuatro tablillas con glifos del sistema rongorongo y ha encontrado que una de ellas fue tallada entre 1493 y 1509: más de 213 años antes de que el navegante holandés Jacob Roggeveen llegara a Rapa Nui en 1722. Lo recoge Xataka en profundidad. Rapa Nui está a más de 3.700 kilómetros del continente sudamericano y es uno de los últimos territorios habitados del planeta. Si el rongorongo nació antes del contacto europeo, sería el quinto sistema de escritura inventado de forma completamente independiente en la historia de la humanidad, junto a Mesopotamia, Egipto, China y Mesoamérica. Un hallazgo de ese calibre no resuelve el misterio del rongorongo, pero cambia radicalmente el punto de partida de la pregunta.

¿Qué es el rongorongo y por qué sigue sin descifrarse?

El rongorongo es un sistema de glifos grabados en tablillas de madera que combina figuras humanas, animales, plantas y formas abstractas. Se lee en bustrofedón inverso: al terminar cada línea, la tablilla se gira 180 grados para comenzar la siguiente. Nunca fue descifrado porque la cadena oral que conectaba el texto con su significado se rompió en el siglo XIX: las incursiones esclavistas que deportaron a cientos de rapanuí a las plantaciones de guano del Perú y las epidemias subsiguientes destruyeron la sociedad de la isla en pocas décadas. Los conocedores de la lectura murieron sin transmitir el sistema.

Hoy existen solo 27 objetos de madera con inscripciones rongorongo en todo el mundo y ninguno permanece en la propia isla de Rapa Nui. Todos fueron enviados al extranjero por misioneros católicos, científicos y coleccionistas del siglo XIX. Se estima que el sistema usaba unos 150 símbolos básicos, pero la comunidad académica sigue debatiendo si es una escritura completa —que representa lenguaje hablado— o una protoescritura que codifica conceptos sin llegar a fonología. En 2025, el investigador Erik Kiley afirmó haber completado un desciframiento fonético completo de las 26 inscripciones conocidas, argumentando que el sistema es silábico y registra mitología polinesia, datos de navegación y conocimiento ritual. Sin embargo, su trabajo no ha pasado la revisión de la comunidad científica y no está aceptado como válido.

La historia del esfuerzo por descifrar este sistema es fascinante y frustrante a partes iguales. Como ocurre con la arqueología digital que usa IA para leer patrones históricos ocultos, la tecnología puede detectar estructuras, pero sin el contexto cultural, la interpretación sigue siendo un puzzle sin imagen de referencia.

¿Qué hace especial a la tablilla Aruku Kurenga y qué implica para la historia de la escritura?

Las cuatro tablillas analizadas por el equipo de Ferrara fueron enviadas a Roma en 1869 por misioneros católicos y permanecieron en un convento durante más de 150 años, prácticamente fuera del circuito de investigación científica. Al realizar pruebas de radiocarbono, tres de las cuatro tablillas confirmaron dataciones en los siglos XVIII y XIX, consistentes con la hipótesis del origen post-contacto europeo. Pero la cuarta —la conocida como tablilla Aruku Kurenga— dio un resultado inesperado: la madera fue tallada entre 1493 y 1509, cuando en Europa Cristóbal Colón no había terminado aún sus viajes de exploración.

El detalle más intrigante es que esa madera no es nativa de Rapa Nui. El equipo de Ferrara plantea como hipótesis más probable que fuera un trozo de madera de deriva oceánica: material flotante arrastrado por las corrientes del Pacífico hasta la isla, que los rapanuí recolectarían de las playas para usarlo en la fabricación de tablillas. Si es así, la tablilla más antigua no está hecha de un árbol de la isla, sino de un material ocasional, escaso y difícil de conseguir.

Las implicaciones son mayores de lo que parecen. La tesis estándar durante décadas fue que los rapanuí desarrollaron el rongorongo imitando o adaptando la escritura europea —las cartas de los misioneros, el contrato que los españoles les presentaron en 1770—. Esa explicación era cómoda porque simplificaba la historia: escritura como imitación, no como invención. La datación de Aruku Kurenga hace esa explicación insostenible para esa tablilla específica. Que los glifos del rongorongo no guarden ninguna semejanza con las letras europeas refuerza la conclusión. Para poner en perspectiva la rareza del hallazgo: la propia IA en arqueología se enfrenta al mismo problema que los investigadores humanos: detectar los patrones es posible, interpretarlos sin contexto cultural no.

¿Qué queda por resolver sobre el rongorongo y por qué es tan difícil avanzar?

El descubrimiento de Ferrara responde una pregunta pero abre muchas otras. Si el rongorongo existía antes del contacto europeo, ¿cuándo empezó exactamente? ¿Fue inventado en la isla desde cero o hay alguna influencia de contactos previos con otras culturas del Pacífico? ¿La tablilla Aruku Kurenga es un objeto excepcionalmente antiguo dentro de una tradición más reciente, o hay otras tablillas de esa época esperando análisis?

El problema material es conocido: las 27 tablillas están dispersas en museos de todo el mundo —el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile, el Musée de l’Homme de París, el Peabody Museum de Harvard, entre otros— con acceso restringido para investigación. Cada análisis requiere permisos institucionales, transporte especializado y tecnología de datación costosa. El ritmo de investigación no puede seguir el de la curiosidad pública.

La comunidad rapanuí actual reivindica la repatriación de las tablillas como parte de un debate más amplio sobre la devolución de patrimonio cultural. Las instituciones europeas que las custodian —incluido el Vaticano, que posee algunas de las más importantes— se han resistido históricamente a esa restitución. Como muestra la historia del hallazgo del Rold Treasure, el tesoro vikingo de oro descubierto en Dinamarca en 2026, el pasado sigue guardando sorpresas incluso en zonas bien exploradas. Rapa Nui, en el confín del Pacífico, solo ha entregado una fracción de los suyos.

Mi valoración

Lo que más me convence del análisis de Ferrara es la metodología: cuatro tablillas concretas, radiocarbono con márgenes de error conocidos, y una conclusión que no va más allá de lo que los datos permiten afirmar. El estudio no dice que el rongorongo sea anterior a todos los contactos posibles en la historia del Pacífico; dice que esta tablilla específica es anterior al contacto europeo de 1722. Esa precisión es exactamente lo que le da credibilidad ante la comunidad académica.

Lo que más me preocupa es el estado de conservación de las tablillas y el acceso fragmentado. Si solo 27 objetos existen en el mundo y ninguno está en la isla, la posibilidad de ampliar el corpus de análisis es limitada. Que instituciones europeas y americanas guarden los únicos registros de una cultura cuya descendencia sigue viva en Rapa Nui es un debate que va mucho más allá de la arqueología.

Lo más estructuralmente significativo es el cambio de pregunta: ya no es «¿copiaron los rapanuí la escritura europea?» sino «¿cómo inventaron su propio sistema en un lugar tan aislado?». Esa segunda pregunta no tiene respuesta fácil, pero es una pregunta más honesta sobre la creatividad humana en los márgenes del mundo. Mi predicción: el interés renovado en Aruku Kurenga acelerará negociaciones para analizar las tablillas en museos europeos, y en los próximos dos años veremos al menos tres estudios nuevos sobre el corpus completo de rongorongo.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la diferencia entre rongorongo y escritura propiamente dicha?

La distinción técnica que debate la academia es si el rongorongo representaba lenguaje hablado —como el alfabeto latino, que codifica sonidos— o si era un sistema de memoria que representaba conceptos, rituales o genealogías sin llegar a fonología. Una escritura completa puede representar cualquier mensaje del idioma; una protoescritura, como el proto-cuneiforme de Mesopotamia en sus primeras fases, solo representa categorías limitadas de información. El rongorongo está en ese debate no resuelto, y el descubrimiento de Ferrara no lo zanja; solo confirma que el sistema era anterior a la influencia europea.

¿Cómo puede el radiocarbono fechar una tablilla con precisión de décadas?

La datación por carbono-14 mide la desintegración de un isótopo radiactivo que los seres vivos absorben durante su vida y que comienza a desintegrarse tras la muerte del organismo. En madera, el margen de error habitual oscila entre 20 y 50 años, suficiente para distinguir si un objeto fue tallado antes o después de una fecha histórica clave como la de 1722. El margen del estudio de Ferrara para la tablilla Aruku Kurenga —1493 a 1509— es lo bastante estrecho para confirmar con alta confianza estadística que es anterior al primer contacto europeo con Rapa Nui.

¿Por qué no hay ninguna tablilla rongorongo en la propia Isla de Pascua?

Todas las tablillas conocidas fueron recogidas o compradas por misioneros, científicos y coleccionistas europeos durante el siglo XIX, en un período en que la sociedad rapanuí estaba en colapso por epidemias y deportaciones masivas. La comunidad rapanuí actual reivindica su repatriación, pero los museos que las custodian se han resistido históricamente a esa restitución. Actualmente ningún objeto con inscripciones rongorongo permanece en Rapa Nui; el más cercano geográficamente está en el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile.