Cuando se menciona interfaz cerebro-computadora o BCI (por sus siglas en inglés), el imaginario colectivo suele ir directo a Neuralink y a la figura de Elon Musk. La lectura que se impone es la de un futuro todavía en fase de demostración, casi de feria tecnológica. El matiz que aporta la última fotografía del sector es que, mientras Occidente sigue midiendo cada paso, en China el mercado está empezando a comportarse como industria: con empresas que salen del laboratorio, con ensayos clínicos que crecen en número y, sobre todo, con un estado que está colocando carriles para que la tecnología llegue al sistema sanitario.
En esa transición de “promesa” a “producto” aparece un dato que lo cambia todo: varias provincias chinas ya han definido precios de servicios médicos para BCI, un movimiento administrativo que, aunque suene gris, funciona como el equivalente a poner señales y peajes en una autopista antes de abrirla. El objetivo es acelerar la integración de estas terapias y dispositivos en el sistema nacional de seguros médicos. Si se logra, el incentivo para hospitales, pacientes y fabricantes se multiplica, porque deja de depender de pagos puntuales o programas piloto.
Política industrial y seguro médico: la palanca menos vistosa y más potente
Uno de los argumentos más repetidos por emprendedores del sector en China es que el avance no se explica solo por talento técnico, sino por “cómo se organiza el terreno”. La combinación de apoyo político y coordinación entre agencias para estándares técnicos y reembolso sanitario está actuando como catalizador. En la práctica, esto reduce la fricción típica de una tecnología biomédica: no basta con que un dispositivo funcione; necesita un camino claro para aprobarse, cobrarse y aplicarse en hospitales.
En ese mismo marco, China anunció un fondo de ciencia del cerebro de 11.600 millones de yuanes para sostener a compañías de BCI desde investigación hasta comercialización. Ese tipo de financiación no sustituye a la inversión privada, pero sí le sirve de colchón: permite asumir riesgos largos, caros y clínicamente complejos, algo que en otras geografías se vuelve más errático cuando el mercado entra en modo prudencia.
La comparación con Estados Unidos es interesante por un detalle práctico. Incluso con aprobación regulatoria, allí gran parte de la adopción depende de aseguradoras privadas que deciden caso a caso si cubren o no un tratamiento. En China, el paraguas del seguro nacional puede acelerar el “salto a escala” si el Estado aprueba la tecnología y la incorpora al catálogo.
Ensayos clínicos: volumen, costes y velocidad de aprendizaje
En el mundo de la biotecnología, los ensayos clínicos son como aprender a conducir: no basta con leer el manual. Hay que acumular horas al volante, cometer errores controlados y corregir. China cuenta con una ventaja estructural en esa “acumulación de kilómetros”: grandes recursos clínicos, amplios grupos de pacientes y costes de investigación relativamente más bajos, lo que puede traducirse en ciclos de iteración más rápidos.
Un hito que se menciona en el ecosistema es la realización del primer ensayo clínico en China de una BCI completamente implantada y inalámbrica, lo que la sitúa como el segundo caso global de este tipo, tras el realizado por Neuralink, según informó CGTN. En términos sencillos: un paciente con parálisis puede controlar dispositivos sin depender de hardware externo. Es el tipo de demostración que, una vez se repite y se estandariza, empuja al sector hacia aplicaciones reales.
En paralelo, se habla de avances clínicos en decodificación motora y del lenguaje, reconstrucción de médula espinal y rehabilitación tras ictus, con más de 50 ensayos clínicos de implantes flexibles completados hasta mediados de 2025, según el emprendedor Phoenix Peng, cofundador de NeuroXess y fundador de Gestala. El volumen no garantiza éxito, pero sí genera algo muy valioso: datos, experiencia quirúrgica, protocolos y un mapa de fallos que evita repetir tropiezos.
Fabricación y cadena de suministro: el “músculo” que convierte prototipos en productos
Si los ensayos clínicos son horas de conducción, la manufactura es el taller que hace posible que el coche exista en más de una unidad. Peng subraya otro factor: la capacidad industrial china en semiconductores, hardware médico y IA, que facilita prototipado y producción rápida. En una tecnología como la BCI, donde conviven materiales biocompatibles, microelectrónica, algoritmos de interpretación de señales y exigencias regulatorias, una cadena de suministro madura recorta meses, a veces años.
Esto importa especialmente en implantes: los electrodos, los encapsulados, la durabilidad, la inflamación y la estabilidad de señal son problemas que no se resuelven solo con software. Se parecen más a conseguir que una tirita aguante una semana en una piel sudorosa: el diseño importa, el material importa, el método de fabricación importa, y cada iteración se paga.
El dinero se está moviendo: fondos públicos, capital privado y salidas a mercado
La cuarta palanca es la inversión estratégica. El patrón descrito combina fondos liderados por el Estado con capital privado que sigue la estela de iniciativas nacionales. En 2025 se citaron operaciones relevantes como la ronda Serie B de StairMed Technology por 48 millones de dólares y los movimientos de BrainCo, que habría presentado documentación para una salida a bolsa en Hong Kong tras levantar 287 millones de dólares, según informes recogidos por TechCrunch.
Más allá de los nombres, lo que cambia el tablero es la densidad de jugadores. El grupo incluye empresas con implantes flexibles, sistemas no invasivos y aproximaciones híbridas: NeuroXess, Neuracle, NeuralMatrix, BrainCo, Bo Rui Kang Tech, Aoyi Tech, Brainland Tech y Zhiran Medical, entre otras. Este ecosistema recuerda a la fase en la que un mercado deja de ser “una apuesta” y pasa a tener competencia real, especialización y subsegmentos.
Las previsiones de crecimiento que circulan en medios chinos también reflejan ese optimismo: un mercado por encima de 3.800 millones de yuanes en 2025 y proyecciones que apuntan a superar los 120.000 millones en 2040. Son cifras de horizonte largo, con incertidumbre inevitable, pero ayudan a entender por qué hay prisa por construir estándares y una cadena de valor completa.
Dos grandes rutas: implantes invasivos y tecnologías no invasivas
En esencia, las BCI se mueven hoy por dos carriles principales. El primero es el invasivo, basado en registros electrofisiológicos: se implantan electrodos en el cerebro para captar señales neuronales con alta precisión. Es la ruta de Neuralink y de compañías chinas como NeuroXess. Su ventaja es clara: señales más ricas, más cercanas a la fuente. Su coste también: cirugía, riesgos y un listón regulatorio más alto.
El segundo carril es el no invasivo, donde entran dispositivos tipo diademas o cascos que suelen usar EEG (electroencefalografía) para leer actividad eléctrica a través del cráneo. Ganan en seguridad y facilidad de adopción, pero suelen perder resolución. Es como escuchar una conversación desde la habitación de al lado: se entiende el tono general, pero cuesta captar cada palabra.
Lo interesante es que el menú se está ampliando. Aparecen enfoques emergentes como ultrasonido, magnetoencefalografía, estimulación magnética transcraneal, métodos ópticos y BCI híbridas. En conjunto, el sector está explorando no solo “leer” el cerebro, sino también influir en su actividad de forma controlada, abriendo puertas terapéuticas y, a largo plazo, debates éticos más exigentes.
El ultrasonido como apuesta por la escalabilidad clínica
Dentro de las opciones no invasivas, el ultrasonido está llamando la atención porque promete un equilibrio atractivo: intervención sin cirugía y potencial para aplicaciones de alta prevalencia. Se mencionan compañías como Merge Labs (respaldada por OpenAI) y Gestala, orientadas a condiciones como dolor crónico, ictus y depresión.
Gestala, por ejemplo, plantea lanzar una primera generación de producto en el tercer trimestre del año, y su fundador afirma que ensayos tempranos han mostrado reducciones del 50% en puntuaciones de dolor tras una sesión, con efectos que podrían durar una o dos semanas. Si esos resultados se confirman y se sostienen en estudios más amplios, el argumento comercial es evidente: terapias repetibles, aceptables para pacientes y con un camino más directo a hospitales.
Aquí conviene mantener una mirada sobria. En salud, los resultados preliminares son como una receta de cocina hecha una vez: prometen, pero falta saber si se repite igual con otros ingredientes, otros cocineros y otras cocinas. Aun así, el interés por tecnologías no invasivas tiene lógica: la adopción masiva difícilmente despega si la propuesta exige cirugía para el usuario medio.
El problema silencioso: durabilidad y biocompatibilidad en implantes
Otra línea de trabajo clave es mejorar el rendimiento de largo plazo de implantes. HSG (antes Sequoia China) invirtió en Zhiran Medical, una startup centrada en reducir inflamación y pérdida de señal con electrodos flexibles y de alta densidad. Este punto es menos glamuroso que “controlar un cursor con la mente”, pero es decisivo: un implante que degrada su señal con el tiempo pierde utilidad clínica y encarece el seguimiento.
La propia lógica inversora lo refleja. Yang Yunxia, socia en HSG, ha señalado que algunas tecnologías pueden parecer muy avanzadas y, aun así, estar lejos de una aplicación práctica; otras parecen comercialmente viables, pero chocan con costes altos o barreras técnicas. Traducido: el mercado está empezando a diferenciar entre demostraciones llamativas y productos sostenibles.
Regulación y ética: soberanía de datos y consentimiento informado
En los próximos cinco años, se espera que la regulación china se acerque más a estándares internacionales, con atención especial a aprobación regulatoria y soberanía de datos. Se citan como referencias marcos de organizaciones como IEC e ISO, además de guías de la FDA estadounidense. El énfasis en datos no es casual: las BCI generan señales extremadamente sensibles, potencialmente asociables a estados de salud, patrones cognitivos o respuestas emocionales. Gestionar quién accede, dónde se almacena y cómo se usa esa información será tan importante como el hardware.
También se anticipa un endurecimiento del control sobre dispositivos invasivos y sobre los datos que generan, mientras podría facilitarse la aprobación de tecnologías no invasivas. En paralelo, el debate ético se está formalizando con planes para reforzar el consentimiento informado, ampliar la revisión ética más allá de la medicina y avanzar hacia estándares unificados de evaluación clínica.
De “tratar enfermedades” a “aumentar capacidades”: la promesa y el freno
Phoenix Peng describe un horizonte en el que la neurociencia y la IA se integran profundamente, con conexiones de alto ancho de banda entre cerebro humano y sistemas de inteligencia artificial, y con la BCI como puente entre “inteligencia de carbono” y “de silicio”. Es una imagen poderosa, casi de ciencia ficción, que funciona bien como brújula para inversores y equipos de I+D.
La realidad más probable a corto plazo es menos cinematográfica y más sanitaria. En los próximos tres a cinco años, el foco seguirá en salud: rehabilitación, control de dispositivos para personas con discapacidad, gestión de dolor, recuperación tras ictus, tratamientos neurológicos. Es el terreno donde el beneficio es más medible y la legitimidad social es más alta.
Lo que está cambiando en China no es que ese futuro lejano haya llegado, sino que se están construyendo los mecanismos para que el presente sea escalable: precios médicos definidos, ensayos clínicos abundantes, capacidad industrial, inversión sostenida y una hoja de ruta estatal que marca hitos técnicos hacia 2027 y una cadena de suministro completa hacia 2030, según el plan nacional publicado en 2025. Si todo eso se consolida, el país no solo participará en la conversación global sobre BCI; también puede acabar marcando el ritmo de cómo se convierten en un mercado real.
