Mover un reactor nuclear en avión suena a escena de thriller, pero el Departamento de Defensa de Estados Unidos lo ha convertido en un ejercicio logístico casi rutinario. En un hito que la administración presenta como “primero en el mundo”, la Fuerza Aérea transportó por aire un microreactor de 5 MW desensamblado en módulos, desde la base de reserva de March en California hasta Hill Air Force Base, en Utah, utilizando un C-17 Globemaster III. La clave no es solo el vuelo, sino la idea detrás: que un reactor pueda gestionarse como “stock rodante”, es decir, como un equipo que se carga, se envía y se monta donde haga falta, sin que sea un experimento aislado sino parte de una cadena logística repetible.
Para aterrizar la magnitud de lo que significa “5 MW”, conviene una metáfora doméstica: es como llevar a cuestas un pequeño barrio eléctrico capaz de sostener una instalación crítica. En entornos militares, esa electricidad es tan estratégica como el combustible o las comunicaciones; si falla, se apagan radares, talleres, centros de mando y, en tiempos recientes, también infraestructuras de computación que se han vuelto esenciales.
Operación Windlord y el Programa Janus: energía cuando la red no llega
El ejercicio, denominado Operation Windlord, se enmarca en el Programa Janus, una iniciativa que busca responder a un problema muy concreto: la dependencia de cadenas de suministro largas y frágiles para alimentar bases remotas o expuestas. El ejemplo típico que menciona el propio gobierno es Alaska, donde llevar diésel o garantizar un suministro estable puede ser caro, lento y vulnerable a la meteorología y a la logística. Si imaginamos una base como una casa en mitad del campo, la comparación sería la de vivir con un generador que depende de camiones que llegan cuando el tiempo lo permite: funciona… hasta que no funciona.
A eso se suma un diagnóstico más amplio: la red eléctrica estadounidense es antigua y tiene episodios de inestabilidad, y la integración de renovables intermitentes como la eólica y la solar añade complejidad operativa en condiciones adversas. El mensaje del Pentágono, al menos en este relato, es que necesita una fuente firme, predecible y desplegable, no solo para operaciones militares, sino también para escenarios de emergencia y ayuda en desastres.
La parte menos “cinematográfica”: seguridad, certificaciones y logística repetible
Uno de los detalles más reveladores es quién ejecuta la misión. La operación la realizó el 62nd Airlift Wing, la unidad certificada para transportar de forma habitual armas nucleares estadounidenses, precisamente porque su entrenamiento y sus protocolos están diseñados para maximizar seguridad y protección. Ese punto cambia el enfoque: no se trata de “atreverse” a mover un reactor, sino de demostrar que existen procedimientos para tratarlo con el mismo rigor que otras cargas de altísimo riesgo.
En la práctica, el reactor Ward250 viajó sin combustible y desarmado en ocho módulos diferenciados, embalados en contenedores o montados sobre plataformas para facilitar un despliegue rápido. La promesa operativa es que el conjunto puede enviarse a lugares con una pista de unos 1.000 metros, reensamblarse, cargarse de combustible y ponerse en funcionamiento en un plazo corto. Según el calendario anunciado, la previsión es que alcance operación completa el 4 de julio de 2026, una fecha marcada por la Orden Ejecutiva Presidencial 14301.
Aquí hay una diferencia importante con intentos previos de transportar reactores por aire: el énfasis en que no sea una demostración “única” con fines científicos, sino una cadena logística de corte comercial pensada para uso operativo militar e industrial. Si la comparación cotidiana fuera una mudanza, no es llevar una pieza delicada una vez con escolta especial, sino crear un servicio estándar con embalaje, rutas y montaje previstos.
Ward250 por dentro: un HTGR con combustible TRISO y helio a 750 °C
El Ward250, fabricado por Valar Atomics, pertenece a la familia de los reactores de alta temperatura refrigerados por gas (HTGR). En lugar de agua, utiliza helio como refrigerante, y trabaja a temperaturas elevadas, alrededor de 750 °C. La elección del helio no es capricho: es un gas inerte, no se vuelve radiactivo con facilidad como otros materiales, y no hierve ni cambia de fase en condiciones normales del sistema, lo que simplifica algunos escenarios de operación.
El combustible es otro de los puntos clave para entender por qué este tipo de diseño se asocia a “reactores de próxima generación”. Se basa en TRISO, partículas del tamaño de una semilla que contienen uranio de HALEU (uranio poco enriquecido de alto ensayo), con un enriquecimiento entre el 5% y el 20%. Cada partícula va encapsulada en capas de carbono y cerámica, como si fuera una “matrioshka” de materiales diseñada para retener productos de fisión. Esas partículas se agrupan en “guijarros” redondeados que se alimentan al reactor mediante una tolva.
Si esto suena abstracto, ayuda pensar en una cafetera de cápsulas: en vez de verter “polvo” en un compartimento, introduces unidades contenidas que hacen más controlable el proceso. Salvando todas las distancias, el concepto es parecido: combustible encapsulado, alimentación modular y un sistema pensado para que el comportamiento del núcleo sea más predecible.
Modularidad y seguridad inherente: por qué los ingenieros miran aquí
Los HTGR con TRISO llevan tiempo seduciendo a los equipos de ingeniería por dos promesas que, en el mundo real, son complicadas de cumplir a la vez: modularidad y margen de seguridad inherente. Modularidad significa que una parte importante puede fabricarse en entornos controlados, con estándares repetibles, y luego transportarse para montaje. En vez de construir una central “como una catedral” in situ durante años, la aspiración es algo más parecido a montar un sistema industrial con piezas certificadas.
La seguridad inherente, según esta narrativa, se apoya en dos ideas: que la reacción es más autoregulado y que la refrigeración puede ser en buena medida pasiva. “Pasivo” aquí no significa que el reactor funcione solo, sino que ciertos mecanismos de disipación y estabilidad no dependen de que una bomba esté encendida a toda costa. Es como un coche que, ante un fallo, tiende a frenar y mantenerse estable en vez de acelerar sin control. Esa filosofía es especialmente atractiva cuando se habla de despliegues en ubicaciones remotas, donde la simplicidad operacional y la robustez son casi tan importantes como la eficiencia.
Lo militar y lo civil: el subtexto de una “segunda era nuclear”
Valar Atomics ha enmarcado el proyecto con una frase cargada de intención: una especie de “segundo Proyecto Manhattan”, pero orientado a energía civil, infraestructura de IA e impulso industrial. La comparación es grandilocuente, pero refleja una realidad: el Departamento de Defensa suele actuar como cliente ancla para tecnologías que después intentan dar el salto al mercado civil, desde internet hasta el GPS. En ese sentido, el Programa Janus puede leerse como una apuesta por crear doctrina, estándares y experiencia que, con el tiempo, hagan más viable desplegar microreactores en industrias, centros de datos o regiones con redes frágiles.
Ese salto no está garantizado. Los reactores modulares, por pequeños que sean, siguen necesitando marcos regulatorios claros, suministro de combustible, gestión de residuos, aceptación pública y una economía del proyecto que cierre. Pero el paso que se ha querido visibilizar con esta operación es otro: que la energía nuclear, en formato compacto, puede integrarse en un modelo logístico más cercano al de la maquinaria industrial que al de las grandes obras eléctricas del siglo XX.
Qué cambia si esto se consolida: bases, crisis y el debate energético
Si la promesa de despliegue rápido se cumple, el impacto inmediato sería militar: bases menos dependientes de convoyes de combustible y más resilientes ante cortes o sabotajes. En segundo plano está la aplicación en emergencias: tras un huracán o un incendio masivo, cuando la red cae, hoy se recurre a generadores diésel y a soluciones temporales. Un microreactor ofrecería otra categoría de potencia y duración, con retos propios, pero con una ventaja obvia: autonomía.
En paralelo, este tipo de noticias alimenta un debate que vuelve una y otra vez: cómo equilibrar descarbonización, seguridad energética y coste. Las renovables son esenciales, pero su intermitencia obliga a pensar en respaldo, almacenamiento o generación firme. La apuesta de Janus sugiere que, para el Pentágono, la respuesta no puede depender solo de baterías o de líneas eléctricas largas: quiere una fuente densa, controlable y transportable.
