Cuando miramos la Luna a simple vista, los grandes parches oscuros suelen parecer manchas de tinta inmóviles. En realidad, esos “mares” que no son mares, las llanuras basálticas conocidas como maria lunares (o lunar maria), guardan señales de tensión interna relativamente reciente. Un equipo del Center for Earth and Planetary Studies del National Air and Space Museum (Smithsonian Institution) y colaboradores ha presentado el primer mapa global y análisis de unas estructuras pequeñas pero muy elocuentes: las pequeñas crestas mareales o SMRs por sus siglas en inglés. El trabajo se publicó en The Planetary Science Journal el 24 de diciembre de 2025, y el Smithsonian lo difundió en un comunicado fechado el 12 de febrero de 2026.
La idea de “mapa” aquí no es un simple catálogo de puntos. Es una nueva capa de información para leer dónde la superficie lunar ha estado apretándose, arrugándose y, potencialmente, dónde podría volver a hacerlo. Para cualquiera que piense en exploración humana y en elecciones de zonas de aterrizaje, esto importa tanto como saber dónde hay rocas grandes: es la diferencia entre aparcar el coche en un suelo firme o en un terreno que, de vez en cuando, cruje.
Qué son las SMRs: arrugas pequeñas con significado grande
Las SMRs son crestas de tamaño modesto en comparación con las grandes formaciones que solemos asociar a montañas o cordilleras. Su “pequeñez” engaña: funcionan como las arrugas finas que delatan que una piel se ha tensado repetidas veces. En este caso, la “piel” es la corteza lunar, y el gesto que genera esas marcas es la compresión tectónica.
En la Tierra, cuando hablamos de tectónica casi siempre pensamos en placas que chocan, se separan o se deslizan, creando cordilleras, fosas oceánicas y cadenas volcánicas. La Luna juega con otras reglas. No tiene un sistema de placas como el terrestre, pero sí acumula tensiones y las libera dejando firmas geológicas. Una de las más conocidas son las escarpas lobuladas (lobate scarps), crestas que se forman cuando un bloque de corteza empuja sobre otro a lo largo de una falla, como si una alfombra se arrugara al empujarla desde un extremo.
La novedad es que las SMRs parecen ser “parientes” de esas escarpas, solo que viven en otro barrio: no predominan en las tierras altas, sino en los maria lunares, esas planicies oscuras formadas por antiguos derrames de lava basáltica.
La Luna se encoge: una compresión lenta que deja cicatrices
El trasfondo de esta historia se remonta a una idea que suena casi doméstica: la Luna se está contrayendo. En 2010, el científico Tom Watters, coautor del nuevo estudio y entonces figura clave en el análisis de tectónica lunar, vinculó la presencia de escarpas lobuladas con una Luna que se enfría y, al hacerlo, se encoge lentamente. La metáfora más útil es la de una fruta que se deshidrata: no desaparece, pero su “cáscara” se arruga porque el interior cambia de volumen.
Ese encogimiento no explica por sí solo todas las formas recientes de compresión detectadas en la superficie. Ahí es donde entran las SMRs. El equipo se propuso localizarlas de manera sistemática, trazar su distribución y compararlas con lo que ya se sabía sobre escarpas lobuladas. El resultado es importante porque convierte una sospecha dispersa en un patrón global.
Un catálogo con cifras que cambian la escala del problema
El equipo liderado por el geólogo posdoctoral Cole Nypaver compiló el primer inventario exhaustivo de SMRs. En el proceso, identificaron 1.114 nuevos segmentos en los maria del lado cercano, elevando el total conocido a 2.634 en toda la Luna. No es solo un récord de “cuántas hay”. Es un salto en la resolución con la que miramos un fenómeno: pasar de ver unas pocas señales a reconocer que forman una red extendida.
El estudio también pone números a su juventud geológica. La edad media estimada para estas crestas es de 124 millones de años, una cifra que sorprende porque encaja con la juventud atribuida a las escarpas lobuladas, con una media en torno a 105 millones de años según análisis previos del propio Watters y colegas. En términos lunares, esto es “ayer”. Si la historia de la Luna fuera un libro de varios cientos de páginas, estas marcas estarían en los capítulos finales, no en los prólogos remotos de hace miles de millones de años.
Otro hallazgo que ayuda a unir el rompecabezas es mecánico: las SMRs se formarían mediante el mismo tipo de fallas que las escarpas lobuladas. Incluso se observa que, en ciertas zonas, las escarpas de las tierras altas pueden transicionar hacia SMRs al entrar en regiones mareales, como si la misma costura geológica cambiara de textura según el material que atraviesa.
Por qué esto importa para aterrizajes y bases: el suelo también tiene memoria
Cuando se habla de volver a la Luna con programas como Artemis, se suele poner el foco en comunicaciones, radiación, polvo o recursos como el hielo. El estudio del Smithsonian añade otra variable práctica: el riesgo sísmico lunar ligado a estructuras jóvenes y extendidas.
Elegir un lugar para aterrizar no es solo buscar una pista lisa. Un módulo, un hábitat o una infraestructura fija se parecen más a montar una casa prefabricada: funciona mejor si el terreno no da sorpresas. En la Tierra, los mapas de fallas activas y la sismicidad histórica influyen en normas de construcción y en la planificación urbana. En la Luna, donde todavía no existe un equivalente a un “código de edificación lunar” ampliamente probado, ampliar el mapa de posibles fuentes sísmicas es un paso previo para diseñarlo.
Aquí la palabra clave es selección de sitios. Si las SMRs son comunes en los maria, entonces esos terrenos, que a veces se consideran atractivos por ser relativamente planos, podrían esconder puntos donde una sacudida no es imposible. Nadie está diciendo que cada cresta sea una alarma inmediata, pero sí que el tablero de juego tiene más casillas marcadas de las que se creía.
Más posibilidades de moonquakes: cuando el silencio se rompe
Watters ya había relacionado la actividad tectónica responsable de las escarpas con la presencia de moonquakes (sismos lunares). El nuevo trabajo sugiere que, si las SMRs comparten origen, también podrían estar asociadas a eventos sísmicos en regiones mareales. Dicho de manera sencilla: si antes se pensaba que ciertos “crujidos” podían venir de un tipo de cicatriz, ahora hay otra familia de cicatrices repartida por las zonas oscuras que también podría crujir.
Para la ciencia, esto es una oportunidad. Cada sismo es como un golpe suave a una campana: permite inferir cómo es el interior por la forma en que se propagan las vibraciones. Para la exploración humana, es una llamada a la prudencia informada. La Luna no es un planeta de terremotos constantes como ciertas regiones terrestres, pero su actividad no es cero, y la historia reciente de estas formas lo recuerda.
Qué preguntas abre este mapa y qué se espera de lo próximo
Una cartografía global de actividad tectónica lunar no cierra el tema; lo organiza. Ahora se puede preguntar con más precisión qué condiciones locales favorecen que una falla se manifieste como escarpa lobulada o como SMR, cómo se distribuyen respecto a espesores de basaltos mareales, y qué relación tienen con otras señales de tensión. También se abre una cuestión práctica: qué instrumentos deberían priorizarse en futuras misiones para vigilar estas zonas, desde sismómetros más sensibles hasta observaciones repetidas de alta resolución.
El comunicado del Smithsonian transmite un punto de vista optimista y sobrio a la vez: estamos en una etapa especialmente fértil para la ciencia lunar, y entender mejor la tectónica y la sismicidad puede traducirse en misiones más seguras y con mejores resultados. En el fondo, este mapa convierte unas crestas discretas en una guía de lectura: la Luna no solo muestra su superficie, también deja entrever su “pulso” interno, lento pero real.
