Si tu empresa vive con un pie en Google Meet y el otro en Microsoft Teams, sabrás que la sala de reuniones puede convertirse en un pequeño “control de aduanas”: el calendario dice una cosa, la pantalla de la sala otra, y alguien termina sacando el portátil para salvar el momento. Google y Microsoft han decidido quitar parte de ese peaje habilitando interoperabilidad entre sus dispositivos de videoconferencia: desde un equipo de sala basado en Chrome OS para Meet ya se podrá entrar en reuniones de Teams, y los Teams Rooms podrán hacer lo propio con llamadas de Google Meet.
La novedad, publicada por Computerworld y firmada por el periodista Matthew Finnegan, apunta directamente a uno de los dolores más comunes del trabajo híbrido: las reuniones no fallan por falta de cámaras o micrófonos, fallan por fricción. Es decir, por esos pasos extra que parecen pequeños, pero que en la práctica rompen el ritmo y elevan la probabilidad de errores.
Qué cambia para usuarios y administradores de TI
En la práctica hay dos planos. Para TI, la opción para habilitar el acceso a Teams desde dispositivos de Meet debería aparecer ya en la consola de administración de Google Meet. Para las personas que usan la sala, el acceso empezará el 16 de febrero y, según lo comunicado, llegará activado por defecto en los dispositivos de Meet. Esto último es importante: cuando una función viene “encendida” de fábrica, reduce la carga de despliegue y evita que el beneficio quede escondido detrás de políticas que nadie termina de tocar.
Desde la perspectiva del usuario final, el cambio se parece a tener un mando a distancia que por fin controla dos televisores sin tener que aprender un ritual nuevo. En lugar de “¿quién tiene el enlace?”, “¿dónde está el adaptador?”, “¿por qué no detecta la cámara?”, la expectativa es que el botón de unirse desde la sala funcione con más reuniones, sin saltos de plataforma.
Dispositivos de sala: el terreno donde se juega el híbrido
Tanto Google como Microsoft llevan tiempo vendiendo y certificando dispositivos de videoconferencia orientados a salas: pantallas, cámaras, altavoces y, sobre todo, esos paneles táctiles o controles de mesa que prometen acceso rápido a la reunión. Son piezas diseñadas para un escenario muy específico: gente en la sala con gente remota, todos intentando hablar sin pisarse, compartir pantalla sin perder cinco minutos, y escuchar sin el eco típico de “hablar dentro de una lata”.
En ese contexto, la interoperabilidad no es un capricho; es un atajo para que la sala siga siendo útil aunque la organización no haya estandarizado una única plataforma. Y esto es más frecuente de lo que parece: según Irwin Lazar, analista principal de Metrigy, aproximadamente la mitad de las compañías suelen soportar varias aplicaciones de reuniones, con Teams, Zoom, Webex y Meet como las más extendidas. Cuando la sala está “casada” con una sola, cualquier reunión en otra plataforma obliga a improvisar.
Lo que ya existía y por qué Teams era la pieza que faltaba
Los dispositivos de Google Meet no llegan a este punto desde cero. Ya contaban con interoperabilidad para entrar en reuniones de Zoom y Cisco Webex. La llegada de Teams completa un triángulo muy común en entornos corporativos, donde la diversidad de herramientas suele responder a adquisiciones, preferencias de departamentos, exigencias de clientes o acuerdos con proveedores.
Del lado de Microsoft, Teams Rooms también se ha ido abriendo a un catálogo de aplicaciones de videollamada de terceros, incluyendo opciones de Amazon, Cisco y Zoom. El mensaje implícito es claro: la sala no puede depender de una única marca si quieres que la experiencia sea consistente cuando el invitado externo —cliente, socio o proveedor— trae su plataforma “de casa”.
Limitaciones: lo que se pierde al cruzar de plataforma
Ahora bien, interoperabilidad no significa “experiencia idéntica”. Computerworld señala que, al unirse a Teams desde hardware de Meet, pueden faltar funciones como los subtítulos automáticos, el soporte de doble pantalla y la opción de presentar usando HDMI. Esta última resulta especialmente tangible: en muchas salas, compartir por HDMI es la versión corporativa del “enchufa y listo”. Cuando no está, la gente recurre a compartir de forma inalámbrica, abrir sesión en un navegador, o hacer malabares con permisos, lo que reintroduce fricción.
La forma más realista de entender estas carencias es pensar en un adaptador universal de enchufe. Te permite cargar el móvil en otro país, sí, pero quizá no aprovecha la carga rápida o no encaja igual de firme. La reunión ocurre, que ya es mucho, pero ciertas comodidades se quedan en la frontera. Para muchos equipos, ese intercambio compensa: preferirán una entrada fiable a la reunión aunque algunas funciones avanzadas no estén disponibles.
One-touch join y el fin del “trae tu portátil para arreglarlo”
El punto más interesante, desde el ángulo de experiencia y operación, está en lo que Lazar describe como preferencia creciente por sistemas one-touch-join: entrar con un toque desde el panel de la sala, sin depender de conectar el portátil de alguien. Cuando no hay interoperabilidad nativa, muchas organizaciones caen en el enfoque BYOC (bring your own compute), que suena flexible pero suele ser delicado en el día a día. Un simple cambio de cable, una actualización de drivers, un permiso bloqueado, o una configuración de audio caprichosa pueden convertir una reunión de 30 minutos en una sesión de soporte técnico improvisado.
Con este movimiento, el objetivo es que la sala funcione como un ascensor: aprietas un botón y llegas. No te piden que instales una app, que lleves tu propio motor, o que configures el contrapeso. Si la sala está pensada para ser un “servicio” para el negocio, reducir pasos manuales es reducir incidencias, estrés y retrasos.
Por qué el mercado empuja en esta dirección
La interoperabilidad llega en un momento en que el gasto en salas está lejos de estancarse. De acuerdo con la investigación Workplace Collaboration MetriCast de Metrigy, un 54% de las empresas planea aumentar el gasto en sistemas de videoconferencia en 2026. Esa cifra sugiere una tendencia: el híbrido no es una fase transitoria, sino un modo de trabajo que sigue pidiendo inversión en infraestructura.
Si las compañías van a gastar más en pantallas, cámaras y controles, la expectativa lógica es que esos equipos no se vuelvan obsoletos por un cambio de plataforma o por la diversidad de herramientas dentro de la misma organización. La interoperabilidad funciona aquí como una póliza de seguro: protege la inversión de sala frente a la realidad de que no todo el mundo se coordina para usar la misma app.
Qué implica para decisiones de compra y para la gobernanza de reuniones
Para TI y para quienes definen estándares de colaboración, esta apertura cambia la conversación. Antes, elegir hardware de sala podía sentirse como elegir bando. Con interoperabilidad, la decisión puede centrarse más en la calidad del dispositivo, la facilidad de gestión, el soporte, la seguridad y la experiencia de uso, sin que la plataforma sea una cárcel.
Aun así, conviene mantener expectativas realistas: cuando se habilitan cruces entre plataformas, es probable que haya diferencias de funciones, y esas diferencias importan en reuniones críticas, formaciones o sesiones con requisitos de accesibilidad. Si en tu organización los subtítulos son imprescindibles, o si el doble monitor es parte del flujo habitual, la recomendación práctica es identificar qué tipos de reunión se beneficiarán más del acceso cruzado y cuáles deberían seguir realizándose en la plataforma “nativa” de la sala.
El impacto cultural tampoco es menor. Cuando la sala deja de ser un obstáculo, la gente usa más la sala. Y cuando se usa más, se vuelve más fácil justificar mejoras: mejor sonido, mejor encuadre, mejor iluminación, mejor disposición de micrófonos. Se crea un círculo virtuoso donde la tecnología deja de ser “la excusa” y pasa a ser un facilitador silencioso.
