El contador imposible de la humanidad: cuántos bebés han nacido y por qué vivimos mucho más

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Fotografias-de-una-ciudad-desolada-un-parque-sin-ninos-jugando-y-estantes-vacios-en-un-supermercado-simbolizando-un-futuro-sin-nuevas-generaciones-humanas.

La referencia más repetida en divulgación demográfica es el cálculo del PRB, que estima que hasta mediados de 2022 habían nacido 117.020.448.575 seres humanos desde la aparición del Homo sapiens moderno, que el propio PRB sitúa en torno a 190.000 a. C.

Para llevar esa cifra a una fecha concreta como hoy, lo más honesto es extender el mismo marco del PRB hacia el presente. Su tabla incluye una proyección de nacimientos “entre hitos” para el periodo 2022–2035: 1.758.578.889 nacimientos en 13 años. Si prorrateamos esa media anual y la aplicamos desde “mid-2022” hasta el 4 de febrero de 2026, el incremento ronda 486,7 millones de nacimientos.

Con esa extensión, la estimación queda en torno a 117.507 millones de nacimientos acumulados, es decir, aproximadamente 117,5 mil millones de bebés desde el inicio de la humanidad moderna hasta hoy.

Hay otra decisión que cambia el resultado: qué llamamos “inicio”. Mucha gente prefiere empezar en torno a 50.000 a. C. (por el salto en evidencias culturales). El propio PRB estima que entre 190.000 a. C. y 50.000 a. C. se habrían producido 7.856.100.000 nacimientos. Si arrancaras en 50.000 a. C., el total aproximado hasta hoy bajaría a unos 109,7 mil millones. La foto cambia, el orden de magnitud no: estamos hablando de decenas largas de miles de millones

Por qué estas cifras existen… y por qué nunca serán exactas

Estas estimaciones funcionan como una contabilidad sin facturas: no hay registros para la mayor parte de la historia, así que se usan modelos que combinan tamaños de población plausibles, tasas de natalidad compatibles con la supervivencia del grupo y supuestos sobre cómo crecía (o se estancaba) la población. El PRB es bastante transparente con su enfoque y con el hecho de que es una aproximación “semi-científica” porque depende de supuestos sobre periodos donde sabemos poco.

Aun así, sirven para algo importante: te dan la escala. Igual que no necesitas saber el número exacto de granos de arena para entender que una playa tiene “muchísimos”, aquí pasa lo mismo con los nacimientos humanos.

La mortalidad infantil al principio: vivir era pasar un filtro muy duro

Cuando hablamos de mortalidad infantil (muerte antes del primer año) y mortalidad de menores de cinco años, lo que aparece una y otra vez en la evidencia histórica y antropológica es que la infancia era el tramo más peligroso de toda la vida. En términos cotidianos: si la vida fuera una maratón, durante milenios la mayoría de los abandonos ocurrían en los primeros metros.

En sociedades cazadoras-recolectoras y pequeños grupos sin medicina moderna, los perfiles de supervivencia sugieren una esperanza de vida al nacer muy variable pero baja comparada con hoy. Un trabajo clásico de Gurven y Kaplan encuentra que, entre cazadores-recolectores “tradicionales”, la esperanza de vida al nacer (e0) puede variar aproximadamente entre 21 y 37 años, en gran parte por la mortalidad temprana; y aun así, quien llegaba a la adolescencia tenía por delante una expectativa mucho mayor (por ejemplo, se reportan valores de esperanza de vida a los 15 del orden de varias decenas de años en algunos grupos).

Otra forma de verlo, más centrada en “bebés”: Volk y Atkinson, al recopilar datos de sociedades históricas y cazadoras-recolectoras, encuentran promedios altos de mortalidad temprana en ese tipo de entornos, con valores de mortalidad infantil y mortalidad en edades juveniles muy por encima de cualquier estándar moderno.

Agricultura, ciudades y era preindustrial: el precio de vivir juntos

Con la agricultura llega una paradoja: más comida “estable” permite poblaciones más grandes, pero la vida en asentamientos densos, el contacto estrecho con animales y el saneamiento deficiente crean el escenario perfecto para infecciones. En esta etapa, la historia humana se parece a un edificio sin extintores: cualquier chispa (viruela, sarampión, diarreas, infecciones neonatales) podía convertirse en incendio.

Our World in Data resume ese mundo con una frase dura: durante gran parte de la historia humana, alrededor de 1 de cada 2 recién nacidos moría antes de los 15 años. En términos emocionales, eso significa que para muchas familias perder hijos no era una tragedia rara, era parte habitual de la biografía.

Incluso en Europa con registros relativamente buenos, en la segunda mitad del siglo XVIII se observan tasas altísimas de mortalidad juvenil: el caso sueco entre 1750 y 1780 recoge alrededor de 40% de muertes antes de los 15 en ese periodo.

El giro moderno: primero agua limpia, luego antibióticos

La bajada sostenida de la mortalidad infantil y juvenil no llega por un único invento, sino por una suma muy práctica: agua potable, alcantarillado, higiene, mejor nutrición, atención al parto, vacunas, antibióticos. La ciencia aquí actúa como cuando dejas de “parchear” una fuga y arreglas la tubería: el cambio real ocurre cuando controlas las causas repetidas.

Our World in Data pone fechas aproximadas al salto: si por siglos la muerte antes de los 15 rondaba la mitad, para 1950 esa proporción global se había reducido hacia una cuarta parte, y para 2020 había caído a alrededor de 4%.

Números globales recientes: lo que sabemos con más precisión (1990–2023)

Cuando entramos en datos contemporáneos, ya no estamos “adivinando con modelos generales”: hay sistemas estadísticos y estimaciones armonizadas. El informe UN IGME (UNICEF y socios) ofrece cifras globales muy claras.

En 2023, la mortalidad de menores de cinco años (U5MR) fue de 37 muertes por cada 1.000 nacidos vivos.
En ese mismo año, la mortalidad neonatal (primeros 28 días) fue de 17 por 1.000.
La mortalidad infantil (antes de 1 año) aparece en las tablas globales como 27 por 1.000 en 2023, frente a 64 por 1.000 en 1990.

Ese descenso es tan grande que cambia la intuición. Antes, tener muchos hijos era una estrategia de supervivencia poblacional; hoy, en gran parte del mundo, tener un hijo no implica estadísticamente “jugarse una moneda al aire” con su supervivencia.

Esperanza de vida: por qué el promedio engaña si no miras la infancia

Aquí hay un malentendido clásico: decir “la esperanza de vida era 30 años” suena a que la gente “moría de vieja” a los 30. No es eso. Es como calcular la media de tiempo que dura una serie si la mitad de los episodios se cortan a los 3 minutos: el promedio se desploma aunque algunos episodios duren una hora.

La evidencia antropológica lo ilustra bien. En poblaciones cazadoras-recolectoras tradicionales, Gurven y Kaplan muestran que la esperanza de vida al nacer podía moverse, según grupo, en el rango aproximado de 21 a 37 años; el “gran saboteador” del promedio es la mortalidad infantil y juvenil.

En historia más reciente, Our World in Data resume el cambio con un contraste sencillo: en 1900, la esperanza de vida global al nacer rondaba 32 años; en 2021, superaba los 70 años.

El PRB, desde otro ángulo, recuerda que en entornos muy antiguos la vida podía ser extremadamente corta al nacer por la mortalidad temprana y cita estimaciones muy bajas en contextos específicos (por ejemplo, valores de 10–12 años en la Edad de Hierro en Francia, como estimación ligada a ese entorno y metodología).

La foto de hoy: cuántos estamos vivos comparado con los que han nacido

Si tomamos una cifra reciente del orden de 8,16 mil millones de personas vivas (estimación del U.S. Census Bureau a finales de enero de 2026) y la comparamos con el total estimado de ~117,5 mil millones de nacidos, sale que está viva alrededor de un 7% de toda la humanidad que ha nacido. Ese porcentaje es sorprendentemente alto si piensas que estamos repartidos en unos 200.000 años de historia, y refleja lo reciente que es el gran crecimiento demográfico.