Átomos que se quedan quietos en un metal fundido: el “corral” invisible que desafía cómo entendemos los líquidos

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Cuando pensamos en un metal completamente fundido, lo imaginamos como una multitud en movimiento continuo: nadie se queda parado, todos se empujan, se apartan, se reacomodan. Esa imagen funciona bien para explicar por qué un líquido fluye y se adapta al recipiente. Lo inesperado es que, en ciertos metales líquidos a escala nanométrica, una parte de esa multitud puede quedarse literalmente clavada en el sitio.

Un equipo de la Universidad de Nottingham y la Universidad de Ulm ha observado algo que, a primera vista, parece contradictorio: incluso estando el metal en estado líquido, algunos átomos permanecen inmóviles. El hallazgo, publicado en ACS Nano y difundido por SciTechDaily, no es solo una curiosidad; cambia el guion de cómo un metal pasa de líquido a sólido cuando se trabaja con nanopartículas y superficies reales, con defectos y “imperfecciones” que, en la práctica, nunca desaparecen del todo.

Por qué importa tanto la solidificación

La solidificación es una especie de “momento fundacional” en muchos procesos naturales y tecnológicos. En la naturaleza la vemos en la formación de minerales, el crecimiento del hielo o en cómo ciertas proteínas pueden plegarse y agregarse. En industria, controlar cómo algo se solidifica puede ser la diferencia entre un material resistente y otro frágil, entre un fármaco estable y uno que se degrada antes de tiempo.

En metales, este control es crucial en sectores como aviación, construcción o electrónica. No hablamos solo de “que solidifique”, sino de cómo lo hace: si forma cristales bien ordenados, si queda amorfo, si aparecen tensiones internas, si se crean defectos. Es como hornear pan: con los mismos ingredientes, el resultado cambia si controlas temperatura, tiempos y el entorno del horno. Aquí el “horno” puede ser una lámina de grafeno, y el “pan” una gota nanométrica de platino.

Cómo se puede ver un metal fundido átomo a átomo

El grupo utilizó microscopía electrónica de transmisión (TEM) para observar nanogotas de metales como platino, oro y paladio mientras se calentaban y luego se enfriaban. Trabajaron con un soporte extremadamente fino: grafeno, una capa de carbono de un átomo de grosor. Esto permite ver y seguir el movimiento atómico con una precisión difícil de lograr en otros contextos.

La expectativa era clara: al fundirse, los átomos del metal deberían volverse móviles, como canicas en una bandeja que se agita. Eso sucede en gran parte del material, pero el equipo detectó algo desconcertante: un subconjunto de átomos quedaba “anclado” al soporte, inmóvil incluso a temperaturas muy altas. En términos cotidianos, es como si en una pista de baile la música subiera de volumen y todos empezaran a moverse, salvo algunas personas pegadas al suelo por un imán invisible.

Defectos en el grafeno: el punto de anclaje de los átomos inmóviles

La explicación no está en un capricho del metal, sino en el lugar donde se apoya. Esos átomos inmóviles se encontraron vinculados a defectos específicos en el grafeno. Los defectos actúan como “ganchos” o “puntos de velcro” atómico: sitios donde el enlace con el metal es tan fuerte que ni el calor logra despegarlo.

Hay otro detalle importante: el propio haz de electrones del microscopio puede influir en el sistema. Según describen los investigadores, al enfocar el haz se podían crear más defectos en el soporte y, con ello, ajustar cuántos átomos quedaban fijados. Esto convierte el experimento en algo más que observación: pasa a ser una forma de control del comportamiento del líquido, como quien mueve unas piezas para redirigir el flujo de personas en un pasillo estrecho.

La profesora Ute Kaiser, vinculada al centro SALVE en Ulm, subraya un matiz físico interesante: el haz electrónico se usa como “onda” para visualizar, pero los electrones también actúan como “partículas” capaces de transferir impulsos. Esa doble faceta, en este contexto, no es solo una frase de manual, sino un efecto con consecuencias visibles en el material.

El “corral” atómico y el superenfriamiento que no debería durar

Lo más llamativo llega cuando los átomos inmóviles no son pocos y quedan distribuidos de manera que rodean la región líquida. El equipo describe que pueden formar una especie de anillo: un corral atómico que encierra a los átomos más móviles en el centro. La metáfora funciona bien: imagina un parque infantil con una valla. Dentro, los niños corren y cambian de dirección; fuera, la valla no se mueve. La diferencia es que aquí la valla está hecha de átomos del propio metal.

Ese “corral” cambia por completo la forma en que el metal se solidifica. Si hay pocos átomos fijados, la solidificación ocurre de manera relativamente normal: los cristales crecen y la partícula termina sólida. Si hay muchos, la cristalización puede quedar bloqueada. El líquido queda atrapado en un estado peculiar descrito como líquido superenfriado confinado: sigue siendo líquido incluso por debajo de su punto de congelación esperado.

En el caso del platino, los autores señalan que el metal puede permanecer líquido a temperaturas tan bajas como unos 350 °C, muy por debajo de lo que se esperaría en condiciones habituales para ese material. No es que el platino “olvide” su punto de fusión; es que el camino hacia el cristal se interrumpe porque el borde inmóvil impone condiciones distintas, como si intentaras ordenar una fila de personas mientras las puertas de salida se cierran justo donde deberían alinearse.

Cuando por fin solidifica: un metal amorfo, tenso y frágil

Si la temperatura sigue bajando, el sistema termina solidificando, pero lo hace de una manera poco convencional. En lugar de construir un cristal con patrón repetitivo, aparece un metal amorfo, sin una estructura periódica clara. Esta fase resulta extremadamente inestable y, según se describe, existe gracias al confinamiento creado por los átomos inmóviles.

La idea de “tensión acumulada” ayuda a entenderlo: si fuerzas a un grupo a quedarse en una posición incómoda, la incomodidad se acumula. En materiales, esa incomodidad es energía interna y estrés estructural. Si el confinamiento se perturba, esa tensión se libera y el material puede reorganizarse rápidamente hacia su forma cristalina más estable. Es un recordatorio de que, a escala nanométrica, el estado de un material no depende solo de temperatura y composición, sino del entorno inmediato y de cómo se “sujetan” ciertos átomos clave.

Catalizadores de platino: implicaciones prácticas y preguntas nuevas

Este trabajo toca un terreno muy práctico: el platino sobre carbono es uno de los sistemas más usados en catálisis, incluyendo aplicaciones relacionadas con conversión de energía. El equipo plantea que este comportamiento de fase “no clásico” podría obligar a revisar cómo se entiende la actividad y la degradación de estos catalizadores, en línea con lo que comenta el especialista en catálisis Jesum Alves Fernandes (Universidad de Nottingham).

Una lectura prudente sería esta: si parte del material puede quedar en un estado líquido confinado o en una fase híbrida bajo ciertas condiciones, la superficie activa del catalizador podría comportarse de formas que hoy no se modelan bien. Eso abre la puerta a ideas como catalizadores autolimpiables o más duraderos, aunque todavía es pronto para traducir un fenómeno observado en condiciones de microscopía a un diseño industrial listo para fábrica. Aun así, el valor científico es claro: muestra un mecanismo tangible por el que la microestructura, los defectos del soporte y la movilidad atómica se entrelazan.

El estudio se enmarca, según se indica, en un programa financiado por EPSRC centrado en metales en superficies e interfaces, lo que encaja con la dirección del hallazgo: los bordes, los defectos y la interacción con el soporte ya no son “detalles”, son protagonistas.

Hacia materiales “acorralados” átomo a átomo

Hasta ahora se hablaba de corrales para fotones y electrones en nanoestructuras. Aquí el salto conceptual es que el corral lo forman átomos y encierra a otros átomos del mismo material. El objetivo declarado por el equipo es aprender a colocar esos átomos fijados de manera más precisa para construir corrales mayores y más complejos.

Si se consigue, podría tener consecuencias en cómo se usan metales escasos: si la estructura y el comportamiento se controlan mejor, tal vez se necesite menos cantidad para lograr el mismo rendimiento en tecnologías limpias de conversión y almacenamiento de energía. De nuevo, esto es una promesa razonable, no una garantía, pero es el tipo de hipótesis que suele impulsar años de investigación en nanotecnología y ciencia de materiales.