La Antártida guarda un secreto incómodo para la ciencia del clima: gran parte de lo que ocurre bajo su capa de hielo sigue siendo una incógnita. No porque falten ganas, sino porque el método clásico para cartografiar el terreno subglacial es trabajoso y, por definición, incompleto. Durante décadas, equipos científicos han arrastrado instrumentos de radar sobre el hielo con motos de nieve o han colgado antenas bajo aviones para “iluminar” el subsuelo con ondas de radio capaces de atravesar kilómetros de hielo y rebotar en el lecho rocoso. El resultado es valioso, pero tiene un límite práctico: el radar solo “ve” justo debajo de su trayectoria. Si entre dos rutas de medición hay decenas de kilómetros sin pasar, queda una franja ciega.
En una noticia publicada en Science, la glacióloga Helen Ockenden (Universidad Grenoble Alpes) y su equipo describen una vía alternativa que busca rellenar esos huecos sin tener que recorrer cada metro de la superficie: construir un mapa continuo del bedrock antártico usando imágenes satelitales del hielo y las pequeñas ondulaciones que delatan lo que hay debajo. La idea es sencilla de contar y difícil de ejecutar bien: si el hielo se apoya en un relieve con valles, colinas o canales, su superficie no queda perfectamente lisa; se deforma con señales sutiles que pueden medirse desde el espacio.
De “pasar el radar” a leer las arrugas del hielo desde el espacio
Para entender la propuesta conviene una metáfora doméstica. Imagina una cama con un edredón grueso. Si debajo hay libros, una tablet o un montón de ropa, el edredón forma bultos y hundimientos. No ves el objeto directamente, pero la silueta te da pistas. El enfoque del equipo de Ockenden hace algo parecido con el hielo: observa la forma del “edredón” (la superficie) para inferir la forma de lo que hay debajo (el lecho rocoso).
Según explica Science, el grupo combinó imágenes ópticas de satélite para estimar la elevación y las variaciones de la superficie del hielo con información de satélites de radar que cubren el continente a gran escala. Esos radares orbitales, por su frecuencia, no penetran tan profundo como los sistemas aerotransportados o terrestres que se usan en campañas científicas, pero aportan cobertura amplia. Con ese “esqueleto” de datos, el equipo aplicó ecuaciones bien conocidas sobre cómo el hielo responde al terreno subyacente para reconstruir las protuberancias y depresiones del relieve subglacial.
Este punto es importante: no se trata de inventar física nueva, sino de exprimir mejor señales ya disponibles. El salto está en integrar fuentes de observación y traducir ondulaciones superficiales en topografía profunda con suficiente rigor como para que el producto final no sea un dibujo bonito, sino un mapa útil para ciencia y modelización.
Qué aporta el mapa: canales, valles y cuencas con detalle inédito
El resultado, siempre según la cobertura de Science, es un mapa completo del lecho rocoso antártico que muestra rasgos que hasta ahora quedaban difuminados entre líneas de radar separadas por grandes distancias. Entre las formas destacadas aparece una red extensa de canales tallados por agua en el pasado que se prolonga cientos de kilómetros. También emergen valles y cuencas: depresiones profundas en el sustrato que pueden condicionar cómo se mueve el hielo sobre ellas, como si fueran carriles o embudos.
Aquí entra otra comparación cotidiana. Conducir por una carretera llana no es lo mismo que hacerlo por una con baches, pendientes y curvas. El hielo, aunque parezca inmóvil, es un material que fluye lentamente, y su “carretera” es el terreno que pisa. Un mapa que describa mejor esa carretera cambia la forma de entender por dónde es más probable que el hielo acelere, se frene o se canalice hacia el mar.
Stewart Jamieson, glaciólogo de la Universidad de Durham, valora en Science que esta estrategia “abre un nuevo enfoque” para mirar bajo el hielo y, sobre todo, convierte una posibilidad teórica en un primer producto tangible. La palabra clave es “producto”: un mapa con cobertura continua que puede alimentar modelos y guiar decisiones de campo.
Limitaciones: el edredón no cuenta toda la historia
Sería tentador pensar que, si ya podemos inferir el terreno desde la superficie, el radar detallado pasa a segundo plano. No es así. Duncan Young, glaciólogo de la Universidad de Texas en Austin, usa en Science precisamente la analogía del edredón para marcar el límite: puedes intuir texturas y formas grandes, pero no captas todo. El hielo puede interactuar con rasgos muy pequeños, de apenas metros, que influyen en la fricción y en la dinámica local del flujo. La nueva técnica, por resolución, no alcanza ese nivel de detalle.
Dicho de otra forma: este mapa es una capa nueva de información a escala continental y regional, especialmente valiosa donde antes había vacíos, pero no sustituye el trabajo de alta resolución allí donde se necesite una “lupa” geofísica. La utilidad práctica se parece a la de un mapa de carreteras nacional frente a un plano callejero: el primero te dice por dónde ir y dónde hay montañas; el segundo te ayuda a encontrar el portal exacto.
Por qué importa para el nivel del mar y para planificar campañas futuras
El interés de todo esto no es cartográfico por romanticismo. El relieve subglacial condiciona cómo fluye el hielo hacia el océano y, con ello, cuánto hielo termina aportando agua al mar. Los modelos de flujo de hielo necesitan saber dónde el hielo se canaliza, dónde puede acelerarse y dónde queda “anclado” por la forma del terreno. Si hay áreas con topografía desconocida, las simulaciones se ven obligadas a rellenar con suposiciones que tienden a suavizar el paisaje, y un paisaje suavizado suele comportarse distinto a uno lleno de valles, umbrales y cuencas.
En Science, Ockenden subraya que es difícil mejorar las predicciones de subida del nivel del mar si partes del subsuelo antártico permanecen sin caracterizar. Robert Bingham, coautor y glaciólogo de la Universidad de Edimburgo, añade que el nuevo mapa puede servir como guía para futuras campañas de radar: en lugar de “ir a ciegas”, se puede priorizar dónde el lecho parece más rugoso o complejo y, por tanto, dónde conviene medir con mayor densidad para capturar detalles finos.
Esto encaja con una estrategia de investigación muy práctica: usar el espacio para planificar mejor el terreno. Las campañas en la Antártida son costosas, riesgosas y limitadas por logística y clima. Si un mapa satelital te sugiere que una región alberga una red de canales o una cuenca profunda, puedes decidir dónde merece la pena invertir combustible, horas de vuelo y equipos. La ciencia, al final, también es gestión inteligente de recursos.
Qué cambia para la glaciología a partir de ahora
El valor más inmediato del método es que ofrece continuidad: un tejido completo en lugar de un mosaico con grandes huecos. Ese tejido permite comparar regiones, identificar patrones de erosión y drenaje antiguos, y mejorar la representación del terreno en simulaciones de gran escala. También plantea un equilibrio interesante: el radar profundo aporta verdad directa y detalle; la inferencia satelital aporta cobertura y contexto. Juntos, pueden funcionar como una pareja de herramientas complementarias: una “linterna” que ilumina con precisión y un “mapa general” que evita caminar sin orientación.
El propio artículo de Science menciona que el equipo ya había probado la técnica en el glaciar Thwaites, una zona especialmente vigilada por su potencial contribución al nivel del mar. Que ahora se aplique al conjunto del continente sugiere una maduración del enfoque y una ambición clara: convertir el relieve subglacial en una variable menos misteriosa dentro de los modelos que intentan anticipar la evolución futura de la capa de hielo antártica.
