La desalinización solar suena, sobre el papel, como una tetera puesta al sol: calientas agua salada, recoges el vapor y obtienes agua potable. El problema aparece cuando el sistema lleva horas o días funcionando y la sal empieza a comportarse como la cal en una cafetera: se deposita, forma costras y termina bloqueando poros, canales y superficies calientes. Ese “atasco” por cristalización es uno de los motivos por los que muchos prototipos prometedores se quedan en demostraciones breves y no llegan a operar de forma estable en condiciones reales.
Un equipo de investigación ha presentado un prototipo que intenta atacar justo ese punto débil. El sistema, bautizado SunSpring, se plantea como un destilador solar capaz de trabajar de forma continua sin que la sal colapse el conjunto, algo especialmente difícil en entornos de alta salinidad. La idea no es solo producir agua dulce, sino hacerlo sin la típica degradación progresiva que obliga a parar, limpiar y volver a empezar.
Destilar sin red eléctrica: lo que promete el prototipo
SunSpring está pensado como un sistema pasivo, es decir, sin depender de la red eléctrica para mover bombas o compresores. Su meta es obtener agua dulce a partir de agua de mar mediante destilación, separando la evaporación y la condensación dentro de una carcasa transparente. Esa carcasa crea un microambiente controlado: el vapor se genera en una zona y se condensa en otra, como cuando el vaho se pega a una ventana fría. En muchos diseños compactos, evaporación y condensación compiten por el mismo espacio y se pierde rendimiento; aquí se busca que cada etapa tenga “su habitación” para funcionar mejor.
En cifras, el prototipo se describe con una producción de hasta 18 litros diarios de agua apta para beber. Esa cantidad depende de condiciones muy concretas —sol disponible, temperatura ambiente, viento, salinidad real—, así que conviene tratarla como un resultado de laboratorio y no como una promesa universal. Aun así, el interés está en que se plantea una operación continua sin bloqueo por sal, que es el talón de Aquiles de muchos sistemas solares de destilación.
Calentar donde importa: el evaporador interfacial
La pieza central es un evaporador interfacial solar-térmico. En lugar de calentar todo el volumen de agua, el diseño concentra el calor en la interfaz, justo donde el agua pasa a vapor. Es como tostar solo la superficie del pan en lugar de intentar calentar la barra entera desde dentro: se invierte energía donde produce el cambio que nos interesa.
Para lograrlo se utiliza una membrana porosa flotante que se mantiene en la superficie del agua. Flotar no es un capricho: estar arriba ayuda a captar mejor la radiación solar y reduce pérdidas de calor hacia el agua más fría que queda debajo. También facilita que el sistema sea modular, con la lógica de “unidades” que se pueden escalar aumentando área, no complejidad.
“Flores” de carbono: absorber luz como un tejido negro al sol
Dentro de la membrana aparecen microestructuras de carbono descritas como “flores”. La metáfora funciona porque su geometría aumenta la superficie efectiva, algo que suele mejorar la absorción de luz y su conversión en calor local. Si alguna vez has dejado una camiseta negra al sol y has notado cómo se calienta más que una blanca, ya tienes una intuición cotidiana de lo que se persigue: captar energía y transformarla rápido en temperatura donde hace falta.
La consecuencia práctica es que la superficie del material puede alcanzar temperaturas suficientes para impulsar la evaporación sin recurrir a paneles solares, baterías o resistencias eléctricas. Ese calor localizado alimenta el ciclo de destilación dentro del contenedor transparente, donde el vapor se guía hacia zonas más frías para condensarse y recolectarse como agua dulce.
Un diseño “Janus” para convivir con la sal en lugar de pelearse con ella
El gran reto es la sal. En muchos evaporadores, la sal acaba precipitando justo en la zona caliente y porosa, formando una costra que tapa los caminos por donde el agua debe subir y el vapor debe salir. Es el equivalente a intentar regar un jardín con una manguera que se va llenando de arena por dentro: cada hora funciona un poco peor.
Aquí entra en juego un enfoque de superficies Janus, un término que se usa para describir materiales con “dos caras” de comportamiento distinto. La idea es separar funciones: una cara optimiza la absorción de luz y la conversión fototérmica, mientras la otra gestiona el contacto con el agua y el transporte capilar. Bien afinado, ese reparto puede evitar que la sal se acumule en el lugar más crítico, o facilitar que se redisuelva y se “desaloje” de forma natural con la dinámica del agua.
Dicho de forma sencilla: en lugar de luchar contra la sal con fuerza bruta, el diseño intenta que la sal tenga menos oportunidades de montar su campamento donde bloquearía el sistema. Esa es la barrera técnica que más ha limitado la continuidad de este tipo de destiladores, y por eso el foco del prototipo está ahí.
Dónde encaja: comunidades remotas y regiones con estrés hídrico
El uso más evidente es en lugares sin acceso fiable a electricidad o infraestructura de tratamiento. Un sistema que funcione solo con sol puede ser más realista que tecnologías que requieren alta presión, repuestos continuos o personal técnico especializado. También tiene sentido en regiones áridas con mucha irradiación: cuando el sol es abundante, usarlo como “combustible” directo para destilar agua se vuelve una opción tentadora.
El argumento social suele ir de la mano del técnico: hay zonas donde coinciden escasez de agua, limitaciones económicas y alta exposición solar. En ese mapa, la combinación de bajo mantenimiento y operación pasiva es atractiva, siempre que el sistema sea robusto, fácil de limpiar y suficientemente barato de fabricar.
Lo que falta por demostrar en el mundo real
Que un prototipo funcione bien en condiciones controladas es un buen primer paso, pero el salto a campo es el examen duro. Habrá que ver cómo responde ante polvo, bioincrustación, cambios bruscos de temperatura, oleaje, agua con contaminantes variables y uso continuado durante semanas o meses. La pregunta clave no es solo cuántos litros produce en un día bueno, sino cuántos produce de forma estable cuando la realidad se pone incómoda.
También será importante entender el coste y la durabilidad de la membrana porosa, la resistencia de sus estructuras de carbono a la radiación UV y la facilidad de fabricación a escala. En tecnologías de agua, la diferencia entre una solución bonita y una solución útil suele estar en detalles prosaicos: cómo se ensucia, cómo se limpia, cuánto tarda en degradarse y cuánto cuesta reemplazar la pieza que más sufre.
SunSpring apunta a un problema muy concreto —la incrustación salina— con una estrategia de diseño de materiales y arquitectura del sistema que busca hacer la operación continua más plausible. Si las pruebas de campo confirman esa resistencia al “atasco”, la desalinización solar podría ganar terreno como solución distribuida y modular en lugares donde el agua dulce escasea y el sol sobra.
