La biotecnología suele avanzar en silencio, como una mejora de motor que no se ve desde fuera pero cambia por completo cómo funciona el coche: un día estás hablando de diagnósticos y tratamientos “de toda la vida” y, al siguiente, aparecen terapias hechas a medida para un bebé, experimentos que recuperan genes de especies antiguas y herramientas que prometen puntuar embriones por rasgos cada vez más discutidos. 2026 apunta a ser un año en el que estas tres líneas —edición genética personalizada, resurrección genética y selección embrionaria— ganen protagonismo y obliguen a combinar entusiasmo científico con preguntas muy terrenales sobre seguridad, acceso y ética.
Edición genética personalizada en bebés: cuando la medicina se escribe letra a letra
La edición genética lleva años prometiendo terapias capaces de corregir enfermedades hereditarias en su raíz, como si se pudiera abrir un documento y arreglar una errata. Lo nuevo, y lo que empieza a perfilarse con fuerza para 2026, es la idea de hacerlo de forma personalizada en bebés con trastornos raros, diseñando un tratamiento a medida para una mutación concreta. MIT Technology Review puso un ejemplo muy ilustrativo: el caso de KJ Muldoon, nacido en agosto de 2024 con un trastorno que provocaba acumulación de amoníaco en la sangre, un riesgo serio para el desarrollo neurológico y la supervivencia. Según la publicación, recibió un fármaco experimental basado en base editing (edición de bases) creado específicamente para corregir el “error ortográfico” responsable de su enfermedad, y tras tres dosis su evolución fue positiva, hasta el punto de dar sus primeros pasos en diciembre y pasar su primera Navidad en casa.
Conviene detenerse en qué significa edición de bases sin perderse en tecnicismos. Si el ADN fuera una receta, herramientas como CRISPR clásico se parecen a cortar una línea y pegar otra; funcionan, pero ese “corte” puede ser delicado. La edición de bases, en cambio, se parece más a cambiar una letra por otra sin romper el papel, algo especialmente atractivo cuando se trata de intervenir en organismos tan frágiles como un recién nacido. La promesa práctica es enorme: pasar de tratamientos paliativos o trasplantes a intervenciones que ataquen el origen del problema.
La parte menos romántica es el precio y la logística. En el ejemplo citado, el desarrollo de un tratamiento “a medida” fue carísimo, en torno al millón de dólares. Aquí aparece el siguiente giro: equipos clínicos y empresas emergentes están intentando que la personalización no implique empezar desde cero cada vez. MIT Technology Review mencionaba a Fyodor Urnov, científico de edición genética en la Universidad de California en Berkeley, que participó en el trabajo relacionado con el caso y cofundó Aurora Therapeutics, con la ambición de crear fármacos editables para trastornos como la fenilcetonuria (PKU). La meta suena casi como diseñar un “chasis” farmacéutico que luego se ajuste a cada paciente, algo parecido a tener una plantilla de traje y hacer arreglos en vez de coser uno nuevo desde la nada.
El factor decisivo para 2026 será regulatorio. Si los organismos de control aceptan rutas de aprobación para terapias personalizadas “a la carta”, el campo podría acelerarse. En Estados Unidos, los reguladores han señalado que contemplan vías para este tipo de tratamientos “a medida”, una señal de que el debate ya no es teórico. Eso no elimina las preguntas difíciles: cómo se garantiza la seguridad si cada versión es distinta, cómo se escalan fabricación y control de calidad, quién paga, qué sistemas sanitarios pueden sostenerlo. Lo que sí cambia es el mapa mental: la edición genética deja de ser “una gran terapia para muchos” y empieza a ser “una terapia única para uno”, con todo lo que eso implica.
Resurrección genética: del ADN antiguo a animales modernos con rasgos del pasado
Otra línea que suele sonar a ciencia ficción, pero que ya está generando demostraciones técnicas, es la llamada resurrección genética. No se trata exactamente de “revivir” una especie como si se pulsara un botón, sino de recuperar información del pasado a partir de ADN antiguo e introducirla en especies actuales mediante ingeniería genética y técnicas de clonación. MIT Technology Review destacaba el trabajo de Colossal Biosciences, compañía conocida por su intención de aproximarse a la “desextinción” de animales como el mamut lanudo o el dodo. En marzo, anunciaron la creación de “ratones lanudos”, modificados para mostrar pelaje denso y bigotes rizados, inspirados en rasgos asociados al mamut. Poco después, la empresa afirmó haber creado tres animales descritos como “lobos terribles” (dire wolves) mediante una veintena de cambios genéticos sobre lobos grises, basándose en investigaciones de huesos antiguos.
Aquí el punto clave no es el titular, sino el método. Extraer y analizar ADN de restos antiguos es como reconstruir un libro a partir de páginas rotas y manchadas: se recuperan fragmentos, se comparan con genomas modernos, se infieren secuencias probables. Luego llega la parte de “edición”: introducir cambios en células de una especie viva para aproximar ciertos rasgos del animal extinto. A esto se le suma la clonación u otras técnicas reproductivas para llevar esas células a un organismo completo. El resultado puede parecerse a un “animal con ingredientes del pasado” más que a un ejemplar idéntico al extinto, y por eso hay debate sobre cómo llamarlos y qué grado de fidelidad es real.
El interés para 2026 va más allá de la curiosidad. El análisis de genomas antiguos ayuda a entender migraciones, adaptaciones y enfermedades en humanos y otras especies. En conservación, técnicas relacionadas con clonación y edición pueden servir para aumentar diversidad genética o recuperar rasgos que mejoren la supervivencia de poblaciones amenazadas. Es como usar un taller de restauración: a veces restauras una obra tal cual era, otras veces recuperas técnicas o materiales que te permiten reparar daños en piezas actuales. Esa ambigüedad es parte del debate ético: cuándo es conservación y cuándo es espectáculo, cómo se protege el bienestar animal, qué impacto ecológico tendría introducir animales “nuevos” en entornos actuales, quién decide prioridades.
Lo que parece claro es que la caja de herramientas se está volviendo más potente: secuenciación de alta precisión, modelos computacionales para reconstrucción genómica, edición múltiple de genes, capacidades de cría asistida. Aunque el relato público se enganche a mamuts y lobos, el impacto más inmediato puede estar en laboratorios de genética, museos, bancos de biodiversidad y programas de conservación que busquen soluciones concretas para especies vivas.
Puntuación y selección de embriones: la frontera entre salud y diseño
La tercera tecnología señalada por MIT Technology Review no es nueva en su base, pero sí en su alcance y en la intensidad del debate. En fecundación in vitro (FIV), los embriones se crean en laboratorio y se “puntúan” según su probabilidad de implantación y desarrollo. Hasta ahí, el objetivo habitual es aumentar las probabilidades de embarazo y reducir riesgos. El salto reciente consiste en tomar unas pocas células del embrión, analizar su ADN y ampliar el cribado: primero para algunas enfermedades genéticas, luego para un número creciente de condiciones, y ahora con propuestas que van hacia rasgos complejos como altura, color de ojos o incluso inteligencia.
Aquí es fácil que el tema se vuelva emocional, así que conviene aterrizarlo con un ejemplo cotidiano. Elegir un embrión por probabilidad de implantación se parece a escoger semillas que tienen más opciones de germinar. Intentar elegir por “inteligencia” se parece a mirar una bolsa de ingredientes y pretender predecir el sabor exacto de un plato que todavía no se ha cocinado, sin saber qué horno, qué tiempo, qué manos y qué circunstancias entrarán en juego. Rasgos como el rendimiento cognitivo están influidos por muchísimos genes y también por entorno, educación, salud, azar y experiencias. Incluso si existieran puntuaciones poligénicas que correlacionan con ciertos resultados en poblaciones, trasladarlas a decisiones individuales es estadísticamente resbaladizo y científicamente limitado.
La controversia es doble. Por un lado, está la precisión real: qué predicen estas puntuaciones y con qué margen de error. Por otro, la dimensión social: desigualdad, presión cultural, riesgo de prácticas eugenésicas, discriminación, expectativas irreales sobre los hijos. MIT Technology Review citaba a Nucleus como una de las empresas que ofrecen este tipo de servicios con un lenguaje de marketing muy directo, invitando a buscar el “mejor bebé”. Ese enfoque choca con la idea, compartida por muchos especialistas en bioética, de que la reproducción no debería convertirse en un catálogo de características.
También hay un punto menos discutido pero muy relevante: las correlaciones genéticas pueden venir con “efectos secundarios” inesperados. Seleccionar por un rasgo podría empujar otros en direcciones no deseadas, porque los genes no funcionan como interruptores aislados; se parecen más a una red de carreteras donde tocar un cruce cambia el tráfico en toda la ciudad. Para 2026, el tema no será solo si la tecnología existe, sino cómo se regula, qué transparencia se exige a las empresas, qué asesoramiento genético se considera mínimo, qué se permite publicitar y cómo se protege la autonomía de las familias frente a mensajes simplistas.
Lo que une a estas tres tendencias: personalización, poder técnico y dilemas muy humanos
Si se mira el conjunto, estas tres tecnologías comparten un patrón: cada vez podemos medir y modificar más cosas en biología, con una precisión que hace una década parecía lejana. La medicina genética personalizada intenta salvar vidas con terapias diseñadas para un paciente concreto; la ingeniería genética aplicada a ADN antiguo explora cómo trasladar rasgos entre especies y tiempos distintos; la selección embrionaria amplía el terreno de decisiones reproductivas, mezclando salud con aspiraciones. Son avances que piden la misma conversación una y otra vez: qué beneficios son realistas, qué riesgos aceptamos, cómo evitamos que el acceso dependa solo del dinero, quién supervisa, qué límites son razonables.
Para quienes no trabajan en biotecnología, el mejor consejo práctico es mirar menos el espectáculo y más los detalles: resultados clínicos reproducibles, tamaño de los ensayos, claridad sobre efectos secundarios, calidad de la evidencia, regulación, lenguaje comercial, y si las promesas encajan con lo que la genética realmente puede predecir. En 2026, la biotecnología no solo va de laboratorios; va de decisiones médicas, familiares y sociales que terminan afectando a todos, incluso a quienes nunca se harían un test genético.