El “ornitorrinco” del cosmos: Webb detecta galaxias diminutas que no encajan en ninguna categoría

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En astronomía, encontrar algo extraño no siempre exige apuntar el telescopio a un lugar nuevo; a veces basta con volver a mirar con otros ojos lo que ya está guardado. Eso es lo que hizo un equipo de la Universidad de Misuri al bucear en campos extragalácticos observados por el James Webb Space Telescope (JWST) y detectar nueve fuentes tan peculiares que, según su investigador principal, Haojing Yan, recuerdan al animal que desconcertó a los biólogos durante décadas: el ornitorrinco. La comparación no es un guiño simpático sin más; sirve para describir un “combo” de rasgos que, en teoría, no deberían convivir.

Estas fuentes aparecen como puntos de luz extremadamente compactos, casi como si fueran una estrella lejana o un núcleo activo brillante. El problema es que, cuando el equipo mira su “firma” física en detalle, no encajan ni en una cosa ni en la otra. Yan presentó estos resultados en una rueda de prensa durante la 247.ª reunión de la American Astronomical Society (AAS) celebrada en Phoenix.

Lo que ve Webb: puntos minúsculos en el Universo temprano

La primera rareza es visual. Incluso con la capacidad de Webb para distinguir estructuras a distancias enormes, estas galaxias siguen viéndose puntuales, compactas, “sin cuerpo”. Cuatro de las nueve se identificaron en CEERS (Cosmic Evolution Early Release Science Survey), uno de esos grandes mapas que actúan como “censo” del cosmos distante.

El equipo partió de unas 2.000 fuentes distribuidas en varias campañas de Webb, filtrando hasta quedarse con nueve objetos que existían hace entre 12 y 12,6 mil millones de años (en tiempo de mirada atrás), cuando el universo era muy joven comparado con sus 13,8 mil millones de años de edad. No son estrellas de nuestra galaxia: están demasiado lejos. Tampoco encajan con el perfil típico de los quásares, que suelen ser los sospechosos habituales cuando algo lejano se ve como un punto.

La pista clave está en el “código de barras” de su luz

Si una imagen es una foto, el espectro es el “ticket de compra” con los ingredientes. Webb no solo fotografía: también descompone la luz con instrumentos como NIRSpec, separándola por longitudes de onda para revelar líneas de emisión y absorción. En quásares lejanos, esas líneas suelen ser anchas, como colinas con base extendida. Esa anchura se interpreta como gas moviéndose a velocidades enormes alrededor de un agujero negro supermasivo: el equivalente a ver un tiovivo girar tan rápido que sus luces forman un aro borroso.

En estas galaxias “platypus”, en cambio, las líneas son estrechas y puntiagudas, como agujas. Es la diferencia entre escuchar un trueno que retumba y se alarga o un silbido nítido y breve. Ese pico estrecho sugiere gas más lento, incompatible con la dinámica extrema que suele delatar a un quásar clásico. Un ejemplo ilustrado por NASA compara el espectro de una de estas fuentes (CEERS 4233-42232) con el de un quásar típico: el quásar muestra una base mucho más amplia.

Aquí aparece la segunda rareza: existen galaxias con líneas estrechas asociadas a actividad nuclear, pero no acostumbran a verse tan puntuales. Lo desconcertante es la mezcla: apariencia de “punto lejano” sin el patrón espectral esperado para ese tipo de punto.

¿Quásares apagados o fábricas de estrellas ultracompactas?

Cuando el equipo se inclinó por descartar la etiqueta de quásar, el análisis se movió hacia otra opción: galaxias con formación estelar intensa. Bangzheng Sun, investigador en formación en el equipo, explicó que con los espectros de baja resolución disponibles no se puede excluir que sean galaxias de formación estelar. Las líneas estrechas encajarían con regiones donde nacen estrellas, como si viéramos farolas alineadas (picos finos) en lugar de una autopista iluminada (perfil ancho).

El escollo vuelve a ser el tamaño aparente. Si realmente están formando estrellas, lo harían en recipientes increíblemente compactos, tan compactos que ni Webb logra “abrir” su forma en una estructura extendida. Space.com recogía otra lectura sugerida en la presentación: si son galaxias en pleno arranque, podrían ser muy jóvenes, de menos de 200 millones de años, aún “en pañales” cosmológicos.

En otras palabras, podríamos estar viendo ladrillos muy tempranos del edificio galáctico, no tanto casas ya construidas. Y eso enlaza con una pregunta más grande: si aceptamos que galaxias como la Vía Láctea crecieron mediante fusiones de unidades más pequeñas, ¿cómo eran esas unidades en su primera infancia? ¿Podía existir una fase “silenciosa” y compacta antes del caos de las colisiones?

El parentesco incómodo con las green pea galaxies

En el texto de NASA aparece una comparación tentadora: los espectros se parecen a los de las llamadas green pea galaxies, descubiertas en 2009 por el proyecto Galaxy Zoo y estudiadas en detalle en trabajos como el de Cardamone y colaboradores. Aquellas “guisantes verdes” son galaxias compactas, ricas en líneas de emisión, con fuerte formación estelar y propiedades que las hicieron valiosas como análogas de galaxias tempranas.

La diferencia es que las nuevas candidatas de Webb serían todavía más compactas y están mucho más lejos en el tiempo. Si la analogía se sostiene, sería como encontrar no solo guisantes, sino semillas: versiones aún más concentradas y remotas, en una etapa donde los procesos físicos podrían estar operando en condiciones distintas de las que solemos inferir en el universo cercano.

Por qué importa: cuando la clasificación falla, la teoría se tensa

La ciencia se apoya en categorías porque ayudan a pensar. “Estrella”, “galaxia”, “quásar” son cajones útiles. El problema es que la naturaleza no firma contratos para quedarse dentro de ellos. Estos nueve objetos incomodan porque tensionan dos herramientas básicas: la morfología (cómo se ve algo) y la espectroscopía (qué nos dice su luz). Cuando ambas cuentan historias que no coinciden, la astronomía se ve obligada a afinar modelos o a aceptar que hay etapas evolutivas que apenas estamos empezando a detectar.

Aquí Webb juega un papel concreto: su sensibilidad y resolución abren una ventana a épocas donde antes veíamos manchas o, directamente, nada. Si estos objetos son reales como población y no una curiosidad estadística, podrían señalar una fase muy temprana de la formación de galaxias: sistemas diminutos, densos y eficientes formando estrellas, o núcleos activos de un tipo menos luminoso y con dinámica distinta a la de los quásares clásicos. La propia NASA subraya que se necesita ampliar la muestra y obtener espectros de mayor resolución para aclarar su naturaleza.

Qué viene ahora: más “ornitorrincos” para entender el patrón

Con nueve objetos no se construye una teoría sólida; se enciende una luz de advertencia. El equipo lo plantea como el inicio de una búsqueda: aumentar el número de candidatos en archivos y futuras observaciones, y obtener datos espectrales más finos para decidir si dominan procesos de formación estelar, actividad de agujero negro, o una mezcla aún más rara.

La metáfora del ornitorrinco funciona porque recuerda algo práctico: durante un tiempo, el ornitorrinco pareció un fraude o una anomalía; luego se convirtió en una pieza clave para entender la evolución. En cosmología podría ocurrir algo similar. Estas galaxias platypus quizá terminen siendo una etapa breve y común que hasta ahora se nos escapaba, o un subgrupo exótico que obliga a retocar las fronteras entre “galaxia” y “núcleo activo”. Webb, diseñado para explorar el Universo temprano, seguirá ofreciendo el tipo de datos que convierten lo raro en medible.