Un ejército de mosquitos para frenar el dengue en Brasil

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En una zona industrial de Curitiba, Brasil, se encuentra una fábrica muy particular: en vez de producir autos o alimentos, esta instalación genera cada semana más de 80 millones de huevos de mosquito Aedes aegypti. Lo llamativo es que estos mosquitos no representan una amenaza, sino todo lo contrario: han sido modificados para frenar la propagación de enfermedades como el dengue, el zika y el chikungunya.

Detrás de esta iniciativa está Luciano Moreira, un ingeniero agrónomo y entomólogo brasileño que se ha convertido en una figura clave para que el país adopte una estrategia científica innovadora como parte de su política pública de salud. La fábrica de Curitiba marca el paso de una etapa experimental a una adopción masiva del método en varias ciudades del país.

El poder de la bacteria Wolbachia

El secreto de esta estrategia está en una bacteria llamada Wolbachia, que se introduce en los mosquitos Aedes aegypti en condiciones de laboratorio. Esta bacteria, que vive naturalmente en muchos insectos pero no en este tipo de mosquito, reduce significativamente la capacidad del insecto de transmitir virus peligrosos a los humanos.

No se trata de eliminar a los mosquitos, sino de reemplazar a los que están en la naturaleza por otros que portan Wolbachia. Cuando los mosquitos infectados se aparean, transmiten la bacteria a su descendencia. Con el tiempo, esta población modificada se impone y disminuye la circulación de virus en zonas urbanas.

Aunque aún no se entiende del todo el mecanismo, se sabe que la presencia de Wolbachia puede competir con los virus por recursos dentro del mosquito o inducir respuestas inmunes que limitan la replicación viral. En la práctica, lo que importa es que los mosquitos con Wolbachia tienen muchas menos probabilidades de transmitir dengue tras picar a una persona infectada.

De la investigación artesanal a la escala industrial

Luciano Moreira comenzó su camino con los mosquitos en los años noventa, participando en investigaciones sobre cómo modificar genéticamente insectos para frenar la malaria. Su interés se consolidó cuando trabajó junto a Scott O’Neill en Australia, donde se logró infectar por primera vez al Aedes aegypti con Wolbachia.

Al regresar a Brasil, Moreira se unió al Instituto Fiocruz, en Belo Horizonte. Con un pequeño equipo y métodos caseros —como criar mosquitos en habitaciones climatizadas y alimentarlos con pipetas—, comenzaron las primeras pruebas. Convencer a las autoridades locales fue complicado. La idea de soltar millones de mosquitos, aunque no fueran peligrosos, generaba resistencia.

Un ejemplo fue Niterói, donde inicialmente un responsable de salud se negó rotundamente. Pero tras conocer los resultados exitosos en otras regiones y entender el fundamento científico, autorizó las liberaciones. Hoy, los casos de dengue en esa ciudad han caído un 89%, según datos oficiales.

El respaldo del gobierno y la expansión del modelo

Hasta hace poco, este tipo de intervenciones con mosquitos infectados con Wolbachia solo se hacían a pequeña escala, en zonas seleccionadas para estudios de campo. Pero el cambio llegó en 2025, cuando el gobierno federal de Brasil reconoció oficialmente esta estrategia como una herramienta de salud pública.

Este respaldo permitió inaugurar la mega fábrica en Curitiba, la más grande de su tipo en el mundo, con capacidad para abastecer a ciudades de todo el país. El modelo brasileño podría incluso replicarse en otras regiones tropicales donde el dengue es endémico.

No es común que un científico logre influir directamente en las políticas de salud pública, pero Moreira ha demostrado una capacidad poco frecuente: combina la rigurosidad académica con habilidades de comunicación y negociación para traducir ciencia en soluciones concretas.

Impacto global y futuro de la estrategia

El trabajo de Moreira se suma a una tendencia global que busca enfoques biológicos para controlar enfermedades transmitidas por vectores. En Australia, Indonesia y Colombia ya se han aplicado programas similares con éxito. Pero el caso de Brasil destaca por su dimensión y apoyo institucional.

Si bien aún quedan retos —como monitorear la eficacia a largo plazo y garantizar la aceptación comunitaria—, la evidencia acumulada sugiere que este enfoque podría ser uno de los más efectivos y sostenibles frente al aumento del dengue, que ha mostrado un repunte alarmante en varias partes del mundo.

Con los cambios climáticos y la urbanización acelerada, las condiciones para la propagación del Aedes aegypti se han intensificado. Estrategias como la de Wolbachia representan una alternativa ecológica y duradera frente a los insecticidas tradicionales, que pierden efectividad con el tiempo por la resistencia que desarrollan los mosquitos.

Lo que hace unos años comenzó en una pequeña sala con pipetas y jaulas hoy se ha transformado en un modelo a seguir. Y todo gracias a la visión de científicos como Moreira, que ven en los mosquitos no solo una amenaza, sino también una herramienta para construir salud pública desde la ciencia.