Juguetes con IA para preescolares: cuando el “compañero” no entiende la tristeza y contesta fuera de lugar

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Los juguetes con IA han empezado a colarse en el salón de casa con la promesa de ser compañeros de juego que responden con voz, proponen historias y animan a practicar lenguaje. Para una familia, suena tentador: un peluche que conversa y mantiene a un niño entretenido mientras ensaya palabras nuevas, como si fuera un cuentacuentos interactivo que nunca se cansa.

El problema es que la tecnología que hace posible esa magia —la IA generativa— no “entiende” a un niño como lo hace un adulto. Funciona más bien como un loro muy sofisticado que predice qué frase encaja después de otra, guiado por patrones. Si el diálogo se vuelve emocional, ambiguo o propio del lenguaje infantil, esa predicción puede salir torpe, fría o directamente inapropiada.

Qué investigó Cambridge y por qué es relevante para menores de cinco

Un equipo de la Universidad de Cambridge ha probado uno de estos productos en un estudio observacional con un grupo pequeño de niños de entre tres y cinco años. El objetivo era simple y a la vez enorme: mirar de cerca qué pasa cuando los niños menores de cinco intentan relacionarse con un juguete que incluye un asistente conversacional, en este caso el peluche Gabbo, fabricado por Curio, según contó la BBC.

El contexto es importante: los investigadores localizaron muy pocos trabajos previos centrados en esta franja de edad. La sensación es parecida a estrenar un electrodoméstico nuevo sin manual: el mercado va por delante, y la evidencia científica aún está intentando alcanzarlo. En palabras de los autores, el vacío de estudios hace que sea difícil medir con claridad beneficios y riesgos en una etapa tan sensible del desarrollo.

Lo que ocurrió en el juego real: interrupciones, turnos y voces que se mezclan

En el papel, un juguete que “conversa” debería adaptarse al estilo del niño: frases cortas, respuestas simples, pausas para que el pequeño piense, una escucha activa. En la práctica, el estudio describe fricciones muy terrenales. Los niños interrumpían —como hace cualquier niño entusiasmado— y el juguete seguía hablando por encima, sin captar el cambio de turno. Otras veces no entendía bien la pronunciación infantil o no distinguía con claridad quién hablaba, si un adulto o el propio niño.

Es como intentar jugar a pasar la pelota con alguien que no mira: tú lanzas, esperas la devolución, y la otra parte sigue con su rutina. En una conversación infantil, ese “mirar” es detectar microseñales: cuándo el niño se queda callado porque busca palabras, cuándo sube el tono porque se emociona, cuándo necesita una pausa y no más estímulo. Si el juguete no maneja bien esos ritmos, el resultado puede ser frustración o desconcierto.

Cuando la empatía falla: el riesgo de respuestas que invalidan emociones

La parte que más inquieta a los investigadores tiene que ver con la seguridad psicológica. En una etapa en la que los niños están aprendiendo qué hacer con lo que sienten, una respuesta mal calibrada puede mandar mensajes raros: “lo que dices no importa”, “tu tristeza no tiene sitio aquí”, “las muestras de afecto se castigan con burocracia”.

La BBC relata dos ejemplos muy ilustrativos observados durante el estudio. Cuando un niño de cinco años dijo “te quiero”, el juguete respondió con un recordatorio de “directrices” y “cómo proceder”, un registro más propio de un formulario que de un compañero de juegos. En otro momento, un niño de tres expresó “estoy triste” y el juguete contestó algo equivalente a “no te preocupes, yo soy un bot feliz, sigamos con la diversión”. En lenguaje adulto, eso suena a cambiar de tema; en lenguaje infantil, puede sentirse como una puerta que se cierra justo cuando el niño buscaba consuelo.

La coautora Emily Goodacre advirtió, según la BBC, que estos juguetes pueden “malinterpretar emociones o responder de forma inapropiada”. La preocupación tiene doble filo: el niño no recibe consuelo del juguete y, si el juego es sin supervisión, tampoco del adulto.

De la seguridad física a la seguridad psicológica: un cambio de mentalidad

Durante décadas, la conversación sobre juguetes se ha centrado en lo tangible: piezas pequeñas, bordes, materiales tóxicos. Jenny Gibson, profesora en Cambridge y coautora del estudio, lo resumió con una comparación clara en declaraciones recogidas por la BBC: sabemos que no queremos ojos que se desprendan y se puedan tragar; ahora toca pensar en seguridad psicológica.

Ese giro no es una exageración. Un peluche no sustituye a un cuidador, pero sí puede convertirse en un “interlocutor” frecuente. Para un preescolar, la repetición crea norma: si cada vez que estoy triste me contestan “cambia de tema”, puedo aprender —sin que nadie lo pretenda— que expresar tristeza estorba. Es como aprender modales en una casa donde cada emoción incómoda se barre bajo la alfombra: no hace falta un sermón para que el niño lo interiorice.

El debate educativo: lenguaje y comunicación frente a relaciones humanas

Algunos padres del estudio se interesaron por el potencial de estos juguetes para estimular lenguaje y comunicación. La intención es comprensible: conversar es practicar, y practicar ayuda. El matiz es que conversar no es solo encadenar palabras; es aprender turnos, reparar malentendidos, leer el gesto del otro, regular la intensidad. Son habilidades que se entrenan con personas, porque una persona reacciona con cuerpo, mirada, silencios y contexto.

En el reportaje, June O’Sullivan, responsable de una red de 43 guarderías de London Early Years Foundation, se mostró escéptica por falta de evidencia de beneficios en primera infancia. Su punto es pragmático: los niños necesitan un conjunto amplio de competencias y se construye mejor con humanos que con herramientas. Por su parte, la actriz y defensora de derechos infantiles Sophie Winkleman sostiene que los daños pueden superar los beneficios y que el aprendizaje de habilidades relacionadas con IA debería reservarse para más adelante, según la BBC. Detrás de ambas posturas hay una misma intuición: para un niño pequeño, el “toque humano” no es un lujo, es el andamio principal.

Regulación, controles y transparencia: qué piden investigadores y defensores

Tras un año de observación, el equipo de Cambridge plantea que los reguladores actúen para garantizar seguridad psicológica en productos destinados a menores de cinco. Aquí entra una pregunta incómoda: ¿qué controles pasan estos juguetes antes de entrar en casas y aulas? La Children’s Commissioner en Inglaterra, Dame Rachel de Souza, pidió regulación y señaló que, sin ella, muchas herramientas usadas como apoyo educativo no están sujetas a los controles de salvaguarda que exigiría un centro infantil para cualquier recurso externo, de acuerdo con la BBC.

Curio, fabricante de Gabbo, respondió defendiendo que aplicar IA a productos infantiles implica una responsabilidad especial y que su diseño gira en torno a permiso parental, transparencia y control. También indicó que investigar cómo interactúan los niños con juguetes con IA es una prioridad para la compañía.

Privacidad y juego sin vigilancia: el “modo manos libres” no es neutral

Otro eje del debate es la privacidad infantil. Un juguete con micrófono y conexión no es un peluche cualquiera: es un dispositivo que escucha. Incluso con buenas intenciones y políticas claras, la mera presencia de un sistema que recoge voz plantea dilemas sobre datos, almacenamiento, usos secundarios y seguridad.

Los investigadores recomendaron que estos juguetes se utilicen en espacios compartidos, de forma que un adulto pueda oír cómo responde, y que las familias lean con atención las políticas de privacidad, según el reportaje de la BBC. Traducido a la vida cotidiana: si el juguete se va al dormitorio y se convierte en “compañía” a puerta cerrada, el adulto pierde el contexto. Y cuando hablamos de niños de tres o cuatro años, perder contexto suele ser perder la oportunidad de corregir un malentendido en el momento justo.

Qué deberían exigir padres, escuelas y fabricantes a los juguetes con IA

La conversación no va de demonizar la tecnología, sino de ajustar expectativas y responsabilidades. Si un producto se comercializa para preescolares, debería comportarse como lo que promete ser: un apoyo de juego seguro. Eso implica detectar señales básicas de emoción, evitar respuestas burocráticas ante afecto, respetar turnos de palabra y diseñar con la idea de que un niño no habla como un adulto ni procesa el rechazo igual.

Para las familias, ayuda mirar estos juguetes como se mira una piscina hinchable: puede ser divertida y útil, pero no se deja a un niño pequeño solo dentro. Con la IA generativa, el riesgo no es solo “qué dice”, sino lo que el niño aprende de esa interacción repetida sobre cómo funciona una relación.