El Nobel de Química 2026 va a Kagan y Soai por resolver por qué la vida eligió una sola mano

Publicado el

El Nobel de Química 2026 va a Kagan y Soai por resolver por qué la vida eligió una sola mano

Henri Kagan y Kenso Soai son los ganadores del Premio Nobel de Química 2026. La Academia Real Sueca de las Ciencias ha distinguido esta mañana, 7 de octubre, a los investigadores francés y japonés por sus trabajos sobre quiralidad molecular y síntesis asimétrica: el conjunto de descubrimientos que explica por qué la vida en la Tierra usa exclusivamente aminoácidos zurdos y azúcares diestros, y cómo fabricar moléculas con esa precisión de forma controlada. El galardón lleva aparejado un premio de aproximadamente once millones de coronas suecas (≈ 1,03 millones de dólares, ≈ 970.000 euros).

El problema de la homoquiralidad es uno de los más elegantes de la biología química: si un aminoácido puede existir en dos formas especulares —como dos guantes, uno para la mano izquierda y otro para la derecha— ¿por qué la vida usa únicamente la forma izquierda en todos los organismos del planeta? La respuesta tiene implicaciones directas en el origen de la vida, en la síntesis farmacéutica y en la búsqueda de vida extraterrestre.

Cubrir los Nobeles de Ciencia cada octubre desde 2006 me ha enseñado que los mejores galardones son los que distinguen trabajo que resuelve una pregunta antigua con herramientas nuevas. Este es exactamente ese tipo de Nobel.

¿Por qué la vida solo usa moléculas en un sentido y qué tiene que ver eso con la química?

Dos moléculas que son imagen especular entre sí —enantiómeros— tienen propiedades físicas idénticas en la mayoría de situaciones, pero interactúan de forma completamente diferente con los receptores biológicos, que son ellos mismos quirales. El caso más dramático de la historia reciente es la talidomida: en los años 60, el fármaco se administraba como mezcla de sus dos enantiómeros, uno de los cuales era el sedante deseado y el otro el teratógeno responsable de las malformaciones congénitas. Desde entonces, la producción enantioméricamente pura se convirtió en un imperativo de la industria farmacéutica.

El problema es que sintetizar selectivamente solo uno de los dos enantiómeros de una molécula es extraordinariamente difícil sin una guía que introduzca quiralidad en la reacción. En la naturaleza, esa guía son las enzimas —ellas mismas quirales—. En el laboratorio, el objetivo era encontrar catalizadores sintéticos que hicieran el mismo trabajo.

Los avances en materiales de nueva generación, como el avance químico de Johns Hopkins para fabricar microchips más pequeños y potentes, dependen directamente de la capacidad de sintetizar compuestos con precisión molecular. Los resists metal-orgánicos que esa investigación describe son el tipo de material cuya síntesis controlada se beneficia de las técnicas de catálisis asimétrica que Kagan y Soai desarrollaron.

Henri Kagan: el catalizador que abrió el campo

Henri Kagan, investigador del CNRS en la Universidad Paris-Sud, dio en 1986 el primer paso decisivo que reconoce la Academia: descubrió una nueva forma de manipular las reacciones químicas que le permitió obtener un exceso de una de las dos imágenes especulares mayor de lo que se creía posible, lo que hoy se conoce como efectos no lineales en la síntesis asimétrica.

La importancia práctica fue inmediata. La síntesis industrial de L-DOPA —el precursor más efectivo del tratamiento de la enfermedad de Parkinson— y de múltiples antibióticos chirales pasó a ser economicamente viable gracias a los principios que Kagan sistematizó. Según la Academia, sus descubrimientos han sido decisivos para los químicos que diseñan reacciones para fabricar fármacos.

Kenso Soai y la reacción que amplifica la quiralidad desde la nada

La contribución de Kenso Soai, de la Universidad de Ciencias de Tokio, es más radical aún desde el punto de vista conceptual. Entre 1990 y 2003, Soai describió y caracterizó la primera reacción química autocatalítica asimétrica conocida: la llamada «reacción de Soai», en la que un producto quiral cataliza su propia formación con un exceso enantiomérico que se amplifica de forma exponencial con cada ciclo catalítico.

Lo que esto significa es que una cantidad infinitesimal de quiralidad inicial —quizás introducida por radiación cósmica circularmente polarizada, o por el entorno prebiótico de la Tierra primitiva— puede amplificarse hasta producir un exceso enantiomérico casi total. Es el mecanismo más plausible para explicar cómo la homoquiralidad de la vida emergió de una sopa primordial racémica sin enzimas previas que la guiaran.

El concreto multifuncional del MIT que almacena energía y las baterías de flujo orgánicas para el hogar sin litio son ejemplos de cómo la química de materiales —que comparte metodologías con la síntesis asimétrica— está resolviendo problemas de ingeniería que hace diez años parecían intratables. El Nobel de Kagan y Soai reconoce el trabajo básico que hace posible ese tipo de innovación aplicada.

¿Qué cambia en la industria farmacéutica con este reconocimiento?

El Nobel no cambia nada en la industria inmediatamente —las técnicas de Kagan y Soai llevan décadas en uso industrial—, pero sí tiene un efecto de señalización potente: legitima la inversión en síntesis enantioselectiva de segunda generación, los métodos catalíticos que intentan llevar los excesos enantioméricos por encima del 99,5% con menor cantidad de catalizador metálico.

La presión regulatoria en Europa y EE.UU. exige cada vez más que los principios activos se comercialicen en forma enantioméricamente pura en lugar de como mezclas racémicas. Cada nuevo fármaco que entra en desarrollo clínico debe demostrar que el enantiómero activo está separado del inactivo —o del potencialmente tóxico— y que ese proceso de separación es escalable industrialmente. La química que Kagan y Soai desarrollaron es la base de ese proceso para miles de compuestos.

Es el Nobel de química más directamente aplicado a la vida cotidiana de los últimos años, aunque la mayoría de las personas que toman un antibiótico o un antiinflamatorio nunca hayan oído hablar de quiralidad. Esa distancia entre el trabajo de laboratorio y sus consecuencias prácticas es, precisamente, lo que hace que los mejores Nobeles de Ciencia sean tan difíciles de comunicar y tan fáciles de subestimar.