La ciencia de decidir: el libro sobre lo que ya hemos cedido a la tecnología

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Santiago Campillo Brocal, biólogo y director de Muy Interesante Digital, ha publicado este martes 5 de mayo una reseña de mi libro La ciencia de decidir. Introducción al pensamiento crítico en la era de la IA, editado por Pinolia. La pieza no se queda en el resumen amable: rescata la idea central del libro y la condensa en una frase que sintetiza meses de trabajo mejor de lo que yo había sabido: «una herramienta que responde demasiado bien puede producir un usuario que pregunta cada vez peor». El libro lleva en mi cabeza desde finales de 2024, cuando vi a treinta estudiantes resolver en doce minutos un ejercicio que antes les costaba una tarde entera, y no supieron explicarme cómo lo habían resuelto. Esa es la historia que arranca el libro y la que justifica la reseña.

Los seis quesitos del Trivial mental

El libro está organizado alrededor de una imagen sencilla: las capacidades cognitivas como los seis quesitos del Trivial. Cada uno representa una facultad que nos ha definido como especie pensante. Y cada uno está siendo transformado por la tecnología a un ritmo que no se parece al de ninguna otra revolución previa.

El quesito amarillo de la memoria se lo llevó Google. El experimento seminal de Betsy Sparrow, publicado en Science en 2011, demostró que cuando creemos que la información estará disponible online la recordamos peor, pero recordamos mejor la ruta de acceso. El cerebro había decidido —sin consultarnos— delegar el contenido y memorizar solo el camino.

El quesito verde de la navegación se lo llevó el GPS. Un estudio longitudinal de tres años de Louisa Dahmani y Véronique Bohbot, publicado en Scientific Reports en 2020, no se conformó con detectar correlación: demostró que el uso habitual de GPS deteriora activamente la memoria espacial. En el otro extremo, los taxistas de Londres del estudio de Maguire (PNAS, 2000) tienen el hipocampo posterior físicamente más grande gracias a años memorizando 25.000 calles sin asistencia digital.

El rosa de la atención, el naranja de la creatividad, el azul del pensamiento crítico y el rojo de la conexión humana completan el mapa. Son los seis territorios donde se está jugando el futuro cognitivo de quienes usamos tecnología digital.

El estudio del MIT que más me ha hecho pensar

El capítulo más difícil de escribir fue el del pensamiento crítico, porque la evidencia científica todavía está formándose. Aun así, hay un dato que pone los pelos de punta: en 2025, el equipo de Nataliya Kosmyna en el MIT Media Lab puso electroencefalogramas a estudiantes mientras escribían ensayos en tres condiciones distintas — sin ayuda, con Google y con ChatGPT.

El grupo de ChatGPT mostró la actividad cerebral más baja de los tres. No «diferente»: más baja. Las áreas responsables de creatividad, integración de ideas y autocorrección estaban, literalmente, menos activas. Y cuando se les pidió a los participantes que recordaran fragmentos de lo que acababan de escribir, el 83% del grupo ChatGPT no fue capaz.

No habían escrito. Habían supervisado. Y sus cerebros lo sabían: ¿para qué consolidar nada en memoria si el documento ya está hecho?

El hallazgo no es anecdótico. Conecta con un patrón más amplio que ya documentaba en 2025 el AI Index de Stanford y la brecha entre expertos y público sobre IA: el 53% de la población mundial ya usa IA generativa con regularidad, pero el 52% reconoce que le pone nerviosa. Hay tensión real, no rechazo abstracto.

Por qué la IA es muleta para unos y amplificador para otros

Este es el descubrimiento clave del último año de investigación, y la parte que más me interesa transmitir.

Un estudio conjunto de Microsoft y Carnegie Mellon publicado en CHI 2025 analizó 936 casos reales de uso profesional de IA generativa. La variable que mejor predecía si la IA mejoraba o degradaba el pensamiento crítico no era el modelo, ni la tarea, ni la formación del usuario. Era la distribución de confianza. Cuanta más confianza en la IA y menos en uno mismo, peor pensamiento crítico. Cuanta más confianza en uno mismo, mejor uso de la IA.

Michael Gerlich confirmó el patrón con 666 participantes en Societies (2025): correlación negativa clara entre uso frecuente de IA y pensamiento crítico, mediada por descarga cognitiva. Pero —y aquí está el giro— Hong Hui-Ling demostró ese mismo año que cuando se enseña explícitamente a usar la IA para tareas de bajo nivel y reservar el pensamiento crítico para alto nivel, el grupo IA supera al grupo control.

La conclusión incómoda es que la IA no reparte poder cognitivo de manera neutral. Amplifica lo que ya existe o sustituye lo que aún no se ha desarrollado. Por eso herramientas diseñadas para enseñar en lugar de responder, como el modo de aprendizaje socrático que Anthropic integró en Claude, me parecen un movimiento mucho más interesante que cualquier benchmark nuevo. Hay diseño y hay diseño.

Mi valoración

Llevo formando equipos en IA generativa desde noviembre de 2022, cuando se abrió ChatGPT al público. Desde entonces he dado clase a profesionales de Nestlé, Renfe, El Corte Inglés, Inditex y unas 200 empresas más, y he visto un patrón que se repite con tanta consistencia que ya no me sorprende: los que más miedo tenían al principio son los que mejor la usan ahora, y los que más rápido la adoptaron sin filtro son los que más han perdido criterio.

Lo que más me preocupa del momento actual no es la herramienta. Es que hayamos saltado la fase de aprender a usarla bien. En los cursos que doy desde 2024, dedico la primera hora a desactivar el reflejo de «preguntar antes de pensar». Cuesta más que enseñar prompts.

Lo más estructuralmente significativo del libro, y por lo que decidí escribirlo, es que la neuroplasticidad funciona en ambas direcciones. La misma propiedad que permite que el GPS atrofie tu hipocampo permite que los taxistas de Londres lo agranden. Eso significa que el problema tiene solución, pero requiere decisión consciente. La pregunta a 12 meses no es si la IA va a seguir mejorando, sino si vamos a empezar a exigirle a las herramientas que nos amplifiquen en lugar de sustituirnos. Lo segundo no llegará por defecto del mercado.

Preguntas frecuentes

¿Es La ciencia de decidir un libro contra la inteligencia artificial?

No. Es un libro a favor de la conciencia sobre cómo la usamos. La tesis central es que cada herramienta tecnológica deja un rastro en el cerebro, y que ese rastro depende de cómo la usemos. Google, GPS y ChatGPT no son los villanos: el villano es el uso automático que esquiva el esfuerzo cognitivo que fortalece. Hay capítulos enteros dedicados a cómo la misma IA puede ser amplificador para profesionales experimentados y muleta para quien aún está construyendo criterio.

¿Dónde se puede comprar el libro?

La ciencia de decidir está editado por Pinolia y disponible en librerías españolas y en las principales plataformas online desde mayo de 2026.  El libro tiene 7 capítulos, uno por cada quesito cognitivo más un capítulo final dedicado al concepto del «pacto consciente»: la idea de introducir un segundo de fricción intencional antes de delegar cualquier tarea cognitiva a una máquina.